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Una gata ciega aprende a ser feliz

 

Acaba de llegar a casa una gatita. Va a pasar unos días aquí porque su humano se mudó y ya no la quiere porque es viejita. Cuando la saludé, agitó las patas, enojada, y se escondió en el fondo de su corral. La pobre se daba de cabezazos, tratando de escapar, y respiraba profundamente, pegándole a algo que no existía. Me dio un poco de miedo, pero igual metí una de mis patas en su caja.
—¿Quién eres tú? —dijo.
—Me llamo Emilia.
—¿Dónde estás?
—Estoy junto a usted, aquí mismo.
La gata corrió y chocó contra la puerta del corral.
—No te veo —me dijo—, no puedo verte.
—Bueno, yo tampoco la veo a usted, pero sí que la siento.
La gatita se dejó caer y se puso a llorar.
—No puedo verte —me dijo. Y entonces me contó su historia.
La gatita vivía con su humano una vida de gata normal, hasta que se le metieron los micobrios. A partir de ese día se puso rara. Andaba perdida, con la cabeza en cualquier parte y a veces se escondía en un rincón, sin saber dónde estaba. Una mañana, al despertar, se dio cuenta de que tenía los ojos llenos de aceite. Y aunque se los restregó mucho, el aceite no se fue. Ya casi no podía ver. Y un día, simplemente, no vio más.
La gatita ya no sabía dónde estaba su agua o su comida. Y se la pasaba maullando y pegándole al suelo, porque ahora que no veía, pensaba que todo lo que la rodeaba era peligroso. Cuando su humano se iba al trabajo, la gatita lo esperaba en el pasillo y se hacía pipí, porque tampoco sabía dónde estaba su caja de arena.
Un día, su humano la metió en un corral y ahí la dejó. La gatita esperaba todo el día que su humano le llevara comida, pero su humano no siempre se acordaba de hacerlo. Así que la gatita se puso flaca y los micobrios se le metieron en la cabeza. Ahora la gatita peleaba con todo: con el viento, con las polillas, con su propia cola, porque todo le daba miedo.
En una ocasión su humano la sacó de la caja, pero como la gatita no recordaba el olor de este, se asustó y lo rasguñó. El humano se enojó tanto que la dejó en el patio. Y a pesar de que la gatita le pidió disculpas, su humano no entendió sus palabras de gato y nunca más la quiso.
—Pero si yo también soy ciega —le dije.
La gatita acababa de terminar de contar su historia y estaba cansada, pues recordar esas cosas le hacía daño.
—No te creo —me dijo—, ¿por qué no estás asustada y pegándole a las cosas?
—Porque las cosas no me hacen nada. ¿Quiere que le cuente mi secreto? Yo cuento los pasos. Sé cuántos pasos hay de aquí a mi caja de arena, a mi agua y a mi comida. Por eso no me pierdo. A veces choco, pero solo cuando han cambiado las cosas de lugar o cuando Bambina ha dejado su zapato por ahí. Pero tampoco es para tanto. Me duele un poquito, no más.
La gatita rasguñó el corral y dijo:
—Las cosas que no se ven te pueden hacer daño.
—Pero aquí nadie le va a hacer daño —le contesté. Entonces rasguñé el corral y le toqué la pata—. No tenga miedo: yo voy a enseñarle a ser feliz.

 

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