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Un buen viaje para el gatito Roberto

Yo tengo muchos hermanos que cada cierto tiempo son puestos en adopción. Lo triste es que, aunque todos desean encontrar una familia, no siempre tienen suerte y deben regresar al albergue. Por eso es que, para la última jornada de adopción, Emilio decidió darles una ayudita.
Premunido de calcetines, cintas para el pelo y pintura de colores, partió donde los gatos que estaban en adopción y procedió a decorarlos como si fueran árboles navideños.
-Oh, Emilio -dijo un gato llamado Girasol-, ¿por qué me colocas calcetines en las patas?
-Es para que los humanos piensen que usted es muy ordenado y lo adopten.
-Que bien -dijo Girasol, saltando sobre sus calcetines nuevos.
A continuación, Emilio pintó con sus pinturas de colores a un gato llamado Sanzón.
-Emilio -dijo Sanzón-, me dejaste todo pintarrajeado. Parezco una mancha.
-Es que no veo, pero estoy seguro que ahora usted se muy adoptable.
-Es verdad -respondió Sanzón revolcándose en el suelo, al que dejó todo manchado.
Emilio pintó y decoró a todos los gatos de la jornada. Él pensaba que había acabado su trabajo, pero aún le faltaba un gato que estaba escondido en una jaula.
-A mi no me decores, Emilio -le dijo el gato.
-¿Y por qué no?
-Porque soy viejo y nadie querrá adoptarme.
Emilio se sintió muy triste con las palabras de aquel gato cuyo nombre era Roberto. Y aunque insistió en embellecerlo con sus pinturas, cintas y papeles, el gato no se dejó.
Esa tarde, todos los gatos a los que Emilio había arreglado fueron adoptados. Todos menos uno, Roberto, quien seguía solitario en su jaula.
-No puede ser -dijo Emilio.
No sabía cómo consolar a aquel gatito anciano, pues sabía que de nada valdrían sus palabras. Confundido, se dio vueltas por el albergue y, de pronto, escuchó un sonido muy especial. Era la voz de un niño, que se disponía a regresar a casa, pues no había alcanzado a adoptar a ningún gato.
-Oh -dijo Emilio-, no te vayas.
Rasguñó suavemente las rodillas del niño para que no se fuera. Pero el niño no se dio cuenta de que Emilio estaba ahí y siguió su camino. Emilio, desesperado hizo toda clase de jugarretas para llamar la atención del niño y como nada resultaba, no tuvo más remedio que arrojarse un tarro completo de pintura en la cabeza.
-Que chistoso eres -dijo el niño.
Ahora que Emilio había obtenido la atención del pequeño, corrió para que lo siguiera. El niño, que quería mucho a los gatos, acompañó a Emilio a la jaula de Roberto, pero no lo vio pues este se había quedado dormido.
-Despierte, don Roberto -maulló Emilio.
-¿Pero por qué?
-Porque alguien quiere adoptarlo.
-No mientas, Emilio, nadie quiere a los gatos viejos.
Roberto se acomodó para seguir durmiendo, pero entonces escuchó una voz que le decía:
-Hey, no te había visto.
Roberto paró las orejas con gusto, pues sabía reconocer la voz de las personas buenas. Asomó la cabeza por encima de su colcha y entonces vio la cara del niño que se había asomado a la jaula.
-Que lindo eres -dijo el pequeño-, ¿quieres venir a mi casa?
Roberto se sintió tan nervioso que no supo qué decir. Y Emilio, el pequeño y travieso Emilio, tuvo que aconsejarlo.
-Salga de la jaulita, no sea leso.
Tímidamente Roberto salió de la jaula y un segundo más tarde estaba en los brazos de aquel niño que lo había elegido para integrar su familia.
-Adiós, Emilio -dijo Roberto al momento de atravesar las puertas del albergue.
-Adiós, Don Roberto -dijo Emilio-, pórtese bien, buen viaje.
Buen viaje, Roberto.

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