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El pequeño Emilio y la mosca mágica

Emilio jugaba en el jardí­n con las hojitas, cuando de pronto se quedó dormido. Entonces sintió que le hací­an cosquillas en las patas. «¿Quién anda ahí­?», preguntó. «Hola», le dijo el que le habí­a hecho cosquillas, «mi nombre es Mosca y veo que no tienes ojos». Emilio le explicó que habí­a nacido ciego y entonces la mosca le contó cómo era ver. Le describió los colores, las formas y todas las cosas que se aprecian con la vista. Emilio quedó maravillado ante todas las cosas bonitas que le describí­a la mosca, pero también se puso triste pues nunca las podrí­a ver. Lo que Emilio no sabí­a era que la mosca era mágica y que si querí­a podrí­a darle ojos. «¿Quieres saber cómo serí­a tu vida si tuvieras ojos?», dijo la mosca, «Yo tengo miles de ojos y te puedo convidar algunos». Entonces la mosca hizo su magia. Ante él se abrió el cielo y Emilio se vio a si mismo con ojos. Podí­a verlo todo, su casa, su plato de comida, todas las cosas que solo habí­a podido percibir con su nariz. «Que lindo», decí­a Emilio, «voy a contarle a Emilia que tengo nuevos ojitos». Corrió hacia el balcón y entonces se encontró con Zapata. Pero estaba totalmente cambiada porque ahora era una perra grande y fiera. Emilio, con un poco de susto, le dijo: «tengo ojitos nuevos, mira». Pero Zapata le mostró los dientes y le dijo: «A mi no me importan tus ojos, yo correteo a todos los gatos guau guau». Zapata se lanzó sobre Emilio y este gritó: «mosca, no me gusta esto, no me gusta». Acababa de despertar de aquel sueño raro y la mosca lo miraba con sus miles de ojos. «¿Dónde estaba Emilia?», le preguntó Emilio a la mosca. «Está en el siguiente sueño, le dijo la mosca…..»

El cielo se abrió y Emilio se encontró en un palacio. Habí­a muchas cosas lindas, una gran escalera y muchos juegos para gatos. Y varios humanos mayordomos que llevaban bandejas con comida. «Oh», decí­a Emilio, «me encanta este lugar». Podí­a verlo todo, la luz que entraba por las ventanas, los colores, todo, todito. «Voy a jugar con Emilia», dijo, «tal vez la mosquita también pueda darle ojos». Se deslizó por la baranda de la escalera y buscó su escondite secreto. «Emi Emi Emi», dijo. Habló tan fuerte que de pronto apareció un ratón. «¿A quién buscas?», dijo el ratón. «A Emilia y a mis hermanos», dijo Emilio. «Pucha», dijo el ratón, «ellos se fueron cuando demolieron la casa. Después construyeron este gran palacio, pero aquí­ no vive nadie, solo mayordomos. Pero hay comida rica, mucha comida». Emilio despertó de su ensueño y le dijo a la mosca que esa realidad tampoco le gustaba. «Pero si tení­as ojos», dijo la mosca. «Ya, pero no tení­a amigos», dijo Emilio. Así­ que la mosca le mostró la tercera realidad, donde sí­ tendí­a amigos y ojos. Ahora Emilio estaba en su casa en medio del living. Todo era igual que siempre, los mismos olores, los mismos sonidos.Y lo mejor, es que ahora podí­a ver. «Emi, Carrito, Pancitos», llamó Emilio. Y los buscó por toda la casa pero no los encontró. Entonces escuchó unos maullidos que vení­an de afuera. Carrito estaba en el fondo del patio y Emilio corrió hacia él, emocionado. Pero cuando lo vio se espantó: Carrito no tení­a su carrito y estaba triste pues no se podí­a mover. «¿Qué pasa, Carrito?», dijo Emilio. Carrito no lo conocí­a. Pero a Emilio no le importó y lo lavó mucho rato para que se sintiera mejor. «Carrito», dijo Emilio, «¿sabes dónde está la Emi?». Carrito le señaló el otro rincón del patio. Ahí­ estaba Emilia, pero llena de pelones y más sola que Carrito. En aquella realidad ella no sabí­a contar los pasos y daba vueltas chocando con todo. Tení­a los ojos vací­os igual que siempre pero llenos de lágrimas. Estaba muy triste, tan triste como el resto de sus hermanos, que dormí­an bajo el sol en aquel patio seco y feo. «No me gusta esto», maulló Emilio, «no me gusta para nada, mosca quiero despertar». Cuando despertó, la mosca no estaba por ninguna parte y Emilio se sintió aliviado. «Ufff», dijo, «menos mal que todo fue un sueño». Corrió hacia la casa. Ahí­ estaba Emilia, los pancitos, Carrito, Bambina y todos los demás. «Hola, Emilio», dijo Emilia, «dónde est….». Emilio no la dejó terminar de hablar y corrió con ella ronroneando y le dijo te quiero. Luego le dio pataditas y besos de nariz a todos los pancitos y les dijo que los quería. «Te quiero Carrito, te quiero Borja, te quiero, pancito pollo ¡los quiero a todos!». Y aunque sus hermanos no tení­an la menor idea de qué le pasaba se sintieron felices de que Emilio fuera el de siempre, un gatito feliz.

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