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Los pequeños también tienen buenas ideas

El otro día estaba jugando en el balcón cuando me di cuenta que había un polluelo atrapado en los cables del poste de teléfono que está fuera de nuestra casa.
—Ayuda —decía el polluelo—, pio, ayuda.
Muy preocupada, reuní a la pandilla para planificar su rescate.
—Yo tengo una idea —dijo Emilio—, inflaré mis pulmones para convertirme en un globo. Así podre volar y salvar al pollito.
—No creo que sea posible —le dije a Emilio—. ¿Qué pasaría si en el camino al poste te pincharas? Volarías muy lejos y sería muy difícil encontrarte.
—Es verdad —dijo Emilio, agachando las orejas tristemente.
—Yo tengo una idea mejor —dijo Carrito—, haré girar mis ruedas a supervelocidad y entonces volaré como un helicóptero.
—Es una buena idea —le dije a Carrito—, el problema es que si ruedas tan rápido harás un agujero en el piso y te hundirás.
—Es verdad —dijo Carrito, haciendo pucheros.
Bambina dijo:
—¡Yo rescataré al pollo en mi zapato mágico! Eso es lo que diría si mi zapato mágico funcionara pero se estropeó, snif.
Bambina se puso a llorar bue bue y tuvimos que consolarla para que no se muriera de pena. Lo bueno fue que a los cinco minutos se olvidó de su zapato y se puso a jugar como siempre.
—Yo sé cómo rescatar a pollo —dijo el Pancito Limón, que es el más pequeño de la casa.
—Gracias, Pancito Limón —dijo Carrito—, pero eres muy pequeño para tener buenas ideas.
—Es verdad, Pancito Limón —dijo Emilio—, ve a jugar que ya te sigo.
Por más que intenté escuchar lo que el Pancito Limón tenía que decir, fue inútil, pues mis hermanos se empeñaron en decirle que rescatar polluelos era cosa de grandes, no de pancitos.
Horas más tarde, mis hermanos encontraron la forma de rescatar a polluelo. Como el pobre estaba sobre un poste de teléfono, buscarían la forma de hacer que viajara a través de los cables, convertido en ondas telefónicas. Era una operación muy complicada que requería de grandes conocimientos científicos, pero mis hermanos estaban seguros de poder llevarla a cabo.
Estaban intentando aprender ciencias, cuando de repente alguien entró por la ventana. ¿Saben quién era? Era el polluelo, el mismo que había estado atrapado en el poste.
Sorprendidos, le preguntamos cómo había bajado del poste. El polluelo agitó sus alas velozmente y flotando sobre nuestras cabezas, dijo:
—Bueno, pues el que me ayudó a bajar fue el gato.
Y dicho esto, salió por la ventana.
—¿Qué gato ayudó al polluelo? —dijo Emilio—, yo no fui, qué raro, ay, que misterio.
Era cierto, ni Emilio, ni Bambina, ni Carrito habían rescatado al polluelo. Cuando comprendí lo que había pasado, salí al balcón y allí me encontré con el pequeño héroe.
—Hola, Pancito Limón, lamento que no te hayan dejado hablar. Te felicito por haber rescatado al polluelo.
—Gracias, Emi.
—¿Y cómo lo hiciste?
—Pues muy simple, subí por el poste y le desenredé la pata.
El Pancito Limón era el más pequeño de la casa, pero tenía excelentes ideas. Algo que mis hermanos habrían descubierto de haberlo escuchado con atención.

 

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