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Los gatitos traviesos

El viernes llegó a casa una mamá cachorra con sus gatitos. Su nombre es Pepita, y como todas las cachorras pensaba que sus gatitos eran juguetes. Yo me propuse vigilarla para que no los dejara en cualquier parte, pero justo ese día, me llamaron para una misión de SuperEmilia y no me quedó más remedio que delegar a tarea en alguien de confianza.
—Emilio —dije— , debes vigilar que Pepita no haga locuras con sus cachorros. Yo regresaré pronto. No te distraigas.
Emilio aceptó de buena gana y se acurrucó junto a la caja de Pepita.
—Hola, mamá Pepita —le dijo— , yo te cuidaré porque soy muy responsable.
Y entonces le contó un montón de aventuras inventadas que hablaban de su responsabilidad, hasta que, de repente, se durmió.
Despertó como una hora después, diciendo:
—Ay, que me hizo bien dormir.
Y entonces se dio cuenta que Pepita y sus cachorros ya no estaban en su caja.
Muerto de susto, se dispuso a ir en busca de Pepita y sus cachorros y de pronto escuchó unos maullidos de gatito, provenientes de la casa vecina.
—El perro —maulló Emilio
Había dicho esto, ya que en la casa del vecino vivía un gran perro con fama de mal genio. Emilio no sabía si aquel rumor era cierto, pero como no tenía tiempo para comprobarlo, trepó por la pandereta y pasó hacia el otro lado.
Tal como lo suponía, ahí estaban los cachorros de Pepita y lo peor de todo era que estaban jugando en la cabeza del perro.
—No —maulló Emilio.
Afortunadamente, el perro dormía, solo que despertaría en cualquier momento, ya que los pequeños le estaban tirando las orejas.
Emilio se acercó sigiloso y tomó uno a uno a los gatitos por el cogote, hasta ponerlos a salvo.
—Uf —dijo Emilio—, lo logré, que bueno que soy tan super como SuperEmilia.
Y guardando a los pequeños en una caja se dispuso a regresar a nuestro hogar.
—Se te olvida nuestra mamá —dijo de pronto un pequeño.
El pequeño tenía razón, Pepita, que también era cachorra, se había puesto a jugar con el perro, solo que se había quedado dormida y ahora roncaba bajo su gran panza.
—Ay —dijo Emilio—, esto me pasa por dormilón.
Tomó la cola de Pepita y comenzó a tirar de ella suavemente para no despertar al perro, con tan mala pata que Pepita se asustó.
—No vayas a despertar a don Perro —susurró Emilio.
Pero fue tarde, pues, con sus saltos y maullidos, Pepita alertó al perro, que con voz malhumorada dijo:
—¿Quién se atreve a entrar en mi patio, sin permiso?
Con una mano, Emilio tomó a Pepita y, con la otra, recogió la caja de los cachorros. Y entonces huyó a toda pisa de aquel perro grande y mal genio. Llegó a la pandereta en un dos por tres y ayudó a Pepita y sus cachorros a pasar para el otro lado. El pequeño Emilio lo había logrado.
Cuando los pequeños estuvieron a salvo se pusieron a saltar sobre la cabeza de Emilio y como les pareció un gatito muy divertido, también le tiraron los bigotes y le mordieron la cola.
—¿No te molesta que te usen de juguete? —le preguntó Pepita.
—Un poquito —dijo Emilio—, pero tengo que aguantarme.
—¿Por qué?
—Porque solo así aprenderé a no dormirme cuando me dejen cuidando a las mamás y sus cachorros.
Y era verdad, solo así aprendería.

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