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Los gatitos del bosque

Un día, durante mis vacaciones en el sur, decidí salir a pasear por el bosque. Caminaba, con mis sentidos bien alertas para percibir toda la magia de la naturaleza, cuando escuché un fuerte maullido. Me puse mi capa de SuperEmilia y corrí a investigar.
Después de mucho rato, encontré al gato que maullaba. El pobrecito estaba sobre un gran árbol.
“¿Qué te pasó, amigo?”, pregunté.
El gato me maulló con rabia:
“Fuera de aquí”.
Era pequeño y aunque gruñía, yo sabía que estaba triste.
“No me iré”, le dije.
Y entonces me di cuenta que el gato colgaba del árbol, pues había caído en una trampa.
Con una bola de pelos en la garganta, trepé por el árbol y desaté el nudo que lo mantenía prisionero.
“No”, me decía el gato, “déjame”.
Cuando lo liberé cayó al suelo y luego de amenazarme se internó a toda prisa por el bosque.
“Espera”, le maullé.
“Aléjate de mi”, respondió el gato.
Me interné en el bosque pues debía encontrarlo, por si necesitaba de mi ayuda. No me importaba que me quisiera lejos de él. Pero no lo encontré y lo peor es que se hizo de noche y supe que estaba perdida.
Ahora sí que estaba en un aprieto. Si no encontraba el camino de regreso me quedaría para siempre en el bosque y nunca más jugaría con mis hermanos.
Como hacía mucho frío me acurruqué entre unos arbustos y me puse mi gorro chilote, dispuesta a pasar la noche en el bosque. Tenía mucho frío, pero conseguí entrar en calor haciendo bicicleta con las patas. Estaba muy concentrada en mi ejercicio, cuando me di cuenta que no estaba sola. Pues, no me lo van a creer, pero tras los arbustos había cinco gatitos de poco más de un mes, que dormían apaciblemente.
“Oh”, les dije, “¿están solos, dónde está su mamá?”.
Hay momentos en la vida en los que uno debe actuar rápido. Por eso, es que, sin pensarlo dos veces, envolví a los gatitos en mi capa de SuperEmilia, dispuesta a llevarlos conmigo.
“¿Quién eres tú?”.
Paré las orejas, advirtiendo que aquella voz pertenecía al gato de la trampa.
“Me llamo Emilia”, dije, “¿ya no estás enojado conmigo?”.
“No, porque ahora me doy cuenta de que quisiste ayudarme. Cuida bien a mis pequeños porque yo ya no puedo”.
Con sorpresa, comprendí que el gato era en realidad una gata y, más aún, que era la mamá de los gatitos.
“¿Pero por qué dices eso?”.
“Porque estoy muy herida. Caí en la trampa del cazador y sé que no podré recuperarme. Por eso te pido que cuides a los cachorros”.
“De ninguna manera”, maullé.
Até mi gorro chilote alrededor de la pata herida de la mamá gata y pasé su brazo por sobre mis hombros.
“Tú misma cuidarás a tus gatitos, porque no permitiré que te quedes sola en el bosque”.
Y así, junto a aquella gatita salvaje y sus cachorros, caminamos toda la noche y por la mañana encontramos mi casa de campo, donde aquella familia tendría un nuevo hogar.

 

1 Comentario

  1. Avatar Alejandra dice:

    Hermosa historia de aventura.

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