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La historia de esperanza.

Yo siempre duermo en la cama de mi humana, al fondo, bajo la ropa. Pero la otra noche, por alguna razón, salí de la cama y me fui al living. Hacía mucho frío y cuando me acerqué a la ventana la sentí helada como hielo. Entonces escuché que alguien respiraba rápido, como tiritando. "¿Quién anda ahí?", pregunté. Nadie me respondió. Lo único que escuché fue que alguien se alejaba como con miedo. 
Por la mañana anduve muy inquieta. No tenía ganas de jugar y me la pasé todo el día en el balcón pensando en quién había venido la noche anterior. Por la noche llevé todas mis mantitas al balcón, las acomodé bien ordenaditas como una cama y entonces me escondí.
Cuando todos se durmieron escuché a una gata bajar del techo. Ella era la que había venido la noche anterior. No le hablé para que no se asustara. Me quedé escondida y entonces me di cuenta que la gata se acomodaba en las manitas. Pero seguía tiritando porque hacía mucho frío.
Me acerqué lentamente al balcón y a través de la ventana dije: "amiga". La gatita dio un salto y se quedó pegada al arbolito del que caen mis amigas hojas. "No te asustes", le dije. La gatita respiraba muy rápido y no decía nada. Metí una pata por el agujerito del balcón para saludarla. "Ven", le dije, "me llamo Emilia, ¿cómo te llamas tú?". "No sé", me dijo, "hace tanto que nadie me llama por mi nombre que se me olvidó". Tenía voz de viejita, ronca por el frío y a cada rato se sorbía los mocos. "Espera", le dije. Corrí a la cocina y regresé con varios granitos de pellet que le entregué por el agujerito. La gatita los olfateó y tímidamente bajó a comer. "Gracias", me dijo. Entonces alguno de mis hermanos hizo un ruido y la gata se asustó y trepó al árbol.
–Disculpa que sea tan miedosa –me dijo–, lo que pasa es que cada vez que me meto a una casa para protegerme del frío me echan con escobas. 
–¿Estás perdida?
–Sí, cuando era chica tenía una casa. No me acuerdo mucho de cómo era. Sólo sé que era calientita. Ahora estoy viejita y seguro que mis humanos se olvidaron de mi.
Metí la pata por el agujerito del balcón e hice fuerza; la puerta se abrió y entonces salí. Hacía tanto frío que apenas me podía mover, pero yo no pensaba regresar a casa. Trepé por el arbolito. La gatita estaba acurrucada temblando como un pajarito perdido. 
–Hace mucho frío aquí, achuuuu. 
–Sí –me dijo con su voz ronca –demasiado. 
–Yo te voy a acompañar. 
– Pero te vas a resfriar. 
–No importa, vamos a hacer un trato. Si me quedo toda la noche contigo, entrarás a casa. 
–Pero me van a correr con una escoba. 
–No, nadie te hará daño. 
Me acurruqué junto a la gata para sentir su calor. Estaba tiritando y tenía la nariz helada y era flaquita como un pollo. El árbol estaba mojado y corría viento como hielo. 
Pasamos toda la noche conversando. Le hablé de mi casa, de mis hermanos, de mi humana y la gatita me escuchó sin decir nada. A veces se reía de las travesuras de Emilio, pero no me creía mucho. Aunque a mi no me importaba porque teníamos un trato. 
Cuando cantaron los pajaritos salté del árbol, estornudé, me sacudí el rocío de la mañana y le dije a la gatita que bajara. 
–Es que me da miedo. 
–No, amiguita, tenemos un trato y te vienes conmigo. 
La gata bajó lentamente y al llegar al suelo me dijo: 
–Emilia, espera… –Me tocó la cara con las patas y me sentí que sonreía –Ya me acordé de mi nombre. Cuando chica me llamaban Esperanza, mi nombre es Esperanza. 
La gatita estornudó, estiró sus patas flaquitas y entró conmigo a casa. 
–Aquí está calientito– me dijo. 
Así es, está calientito, por eso la gatita nunca más volverá a pasar frío. Ella es una gata buena y lo merece. Su nombre es Esperanza y es mi nueva hermana.

 

1 Comentario

  1. Gracias por el post, lo comparto!

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