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La historia de Don Perro

Yo estaba comiendo, cuando los pancitos, que son los más pequeños de la casa, me avisaron que Piru se había pasado a la casa del vecino. Lo cual era terrible, pues allí vive un perro muy grande llamado Pitbull.
—Debes ir por Piru —me dijeron los pancitos.
Tenía mucho miedo de aquel perro, pero era mi deber rescatar al pequeño Piru. Me puse mi capa de SuperEmilia y crucé la pandereta.
El patio del vecino era grande y estaba lleno bolsas de comida para perro. Yo caminaba lentamente con las orejas paradas.
—Piru, regresemos a casa —decía.
Estaba asustada, pues todo el mundo decía que los perros pitbull eran peleadores y les gustaba morder por puro gusto. Esperaba de todo corazón que no se hubiera comido a Piru. De repente escuché a mi hermano.
—Emi —dijo—, estoy aquí.
Me ajusté mi capa y corrí a rescatarlo, pero me llevé una gran sorpresa, pues… Piru estaba sobre la cabeza del pitbull, saltando de lo más relajado.
—Suelta a mi hermanito, perro, no seas abusón.
Sacudí las patas como un remolino y, armándome de valor, rasguñé al perro. Y entonces ocurrió algo increíble.
—¿Por qué me haces esto? —dijo el perro—. Solo estábamos jugando.
El perro se escondió tras su casa, sollozando tristemente.
—Perdón —dije—, es que todos dicen que ustedes son peligros.
—¿Y tú te crees todo lo que escuchas?
Me sentí muy avergonzada y toqué suavemente su nariz.
—¿Qué tiene en la cara?
—Son cicatrices —respondió.
Se me subió una bola de pelos por la nariz. Aquellas cicatrices eran profundas y atravesaban todo su rostro.
—¿Le duele?
—No, ya no.
—¿Quién le hizo esto, sus humanos?
—No, me lo hicieron antes, cuando me obligaban a pelear. Ahora estoy bien. Mis humanos nuevos me quieren.
Me di cuenta que aquel perrito grande había sufrido mucho, pues lo habían obligado a hacer cosas que no quería y aquello le dolía, le dolía de verdad. Quise consolarlo, peor en ese momento habló Piru:
—Emi, ¿puedo quedarme a jugar con Don Perro?
—No sé, eso debes preguntárselo al señor Perro.
—¿Señor Perro —dijo Piru—, puedo jugar en su cabeza?
—Pero ten mucho cuidado, porque te puedo comer.
—¿Cómo? —maulló Piru asustado.
—Es broma —respondió el perrito—, solo es una broma.
Piru se puso contenta y saltó sobre la gran cabeza de aquel perrito al que yo había tratado injustamente. Nunca más volvería a hacerlo, pues sabía que Don Perro era un perro de buen corazón, que estaba aprovechando la nueva oportunidad que le había dado la vida, la oportunidad de ser feliz.

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