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La gatita luminosa

La otra noche yo jugaba en mi jardín, cuando escuché un aleteo y una voz diminuta. Con la nariz en punta busqué aquel sonido y entonces encontré a un pequeño ser que lloraba tristemente.
—¿Por qué estás triste? —pregunté.
—Estoy triste porque soy una luciérnaga y no tengo luz. Mira.
La luciérnaga se sacudió velozmente.
—No puedo ver —le respondí—, así que no puedo decir si es que tienes luz o no.
La luciérnaga inspiró con pena y se posó en la punta de mi nariz.
—¿Qué puedo hacer? —preguntó—, sin luz no puedo guiar a nadie.
—Pues tengo una idea. Afírmate bien.
Corrí a mi casa, me detuvo en medio del living y le dije a la luciérnaga:
—Sé que por aquí hay muchas luces, están en el árbol de navidad, puedes tomar las que quieras.
La luciérnaga se puso muy feliz y, despegándose de mi nariz, voló hasta el árbol para regresar a los pocos segundos.
—¿Y bien? —le dije— ¿Ya tienes luz?
—No, no tengo, la luces estaban pegadas al árbol.
—Pues no te desanimes.
Corriendo, la llevé junto a un artefacto llamado computador que, según me han contado, irradia mucha luz.
—Oh —dijo al ver el computador—, ¡cuánta luz!
La luciérnaga voló hasta aquella pantalla luminosa, pero ocurrió lo mismo que la vez anterior: no pudo obtener la luz que quería.
Le dije a la luciérnaga que no se entristeciera y la llevé a recorrer todos los lugares de la casa en donde yo sabía que hay luz. Pero tampoco tuvimos éxito.
—Parece que la luz no me quiere —me dijo la pequeña—, ya ni siquiera soy una luciérnaga.
Y entonces se despegó de mi nariz y se fue.
Durante toda la noche pensé en el modo de ayudarla y, al comprender que era imposible, me puse tan triste que, sin darme cuenta me puse a llorar. De pronto, una vocecilla me dijo al oído:
—¿Por qué lloras?
Era la luciérnaga que había regresado sin avisar
—Es que me da pena que no puedas brillar y, además, yo no podré ayudarte porque nunca he visto la luz.
—Emilia, seguí buscando fuentes de luz: ampolletas, neones, faroles, hasta a la luna intenté subir pero no hubo caso.
—Lo siento.
—Pero debo hacer una última prueba. ¿Me dejas?
Sin esperar respuesta, la luciérnaga revoloteó sobre mis ojos y ahí se quedó largo rato.
—Que risa —le dije—, me haces cosquillas.
—Aguanta un poquito… ya está.
La luciérnaga se puso a reír feliz de la vida.
—Tengo luz —exclamó—, por fin tengo luz.
—¿Y cómo? —pregunté sonriendo.
—Porque la obtuve de una fuente verdadera.
—¿De cuál?
—De tus ojos.
La luciérnaga me dio un beso de nariz y voló para iluminar nuestro jardín.

 

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