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La gata del zapato

Apenas sentí los rayos del sol me levanté, feliz de disfrutar de un nuevo día. Fui a la cocina, comí, tomé agua, hice mis ejercicios de yoga y cuando quedé desocupada, me puse a jugar. Corrí por las orillas de la casa, contando los pasos, como me enseñó Olivia, y aunque me tropecé varias veces, no me importó porque me divertía mucho imaginando cosas.
De repente se me ocurrió un juego divertido. El juego consistía en tirarle un papel a un amigo para que este me lo tirara de vuelta. Era una superidea. Saltando, me encaramé en el lomo de Olivia:
—Oli, despierta, se me ocurrió un juego.
—Pero, Emilia —dijo la Oli—, tú juegas todo el día
—Sí, pero es que este juego es para dos. Por eso te tienes que levantar.
Olivia dijo guf y se incorporó lentamente sobre sus patitas de pollo.
—Ah, qué divertido —maullé
Le expliqué el juego a mi hermana mayor y cuando lo entendió, fui a buscar los papelitos.
—Ahora, Oli —maullé—. ¡Atájalo!
Olivia intentó coger el papelito, pero se fue de lado y apenas apoyó la cabeza en la alfombra se puso a roncar.
—Oli, floja —le dije haciéndole manitas—, todavía no termina el juego.
—Emilia —me dijo entre sueños—, la verdad es que estoy muy vieja para jugar. Deberías pedir una hermana chica.
—¿Y cómo se pide una hermana chica?
—No sé, supongo que rezando.
Paré la nariz, sin entender muy bien las palabras de Olivia, y me fui al balcón a recoger hojitas. Toda la tarde estuve en eso. Junté muchas hojitas, como cien, pero por más que traté de que jugaran al juego del papelito, ellas no quisieron.
—Hojitas, no se sientan mal, ustedes son mis amigas, pero la verdad es que son un poco tontas para jugar. La Oli me dijo que rezara para que me trajeran una hermana chica, pero yo no sé rezar. Si supiera rezar lo haría ahora mismo. Diría: por favor, Viejito Pascuero, tráeme una hermana chica para que juegue conmigo. Pero, como les acabo de decir, no sé rezar.
Soplé las hojitas y tristemente me fui a mi escondite secreto. Me dormí muy temprano, de puro aburrida que estaba, pero a mitad de la noche escuché un ruido así, ¡pim! Paré las orejas, asustada, y entonces me di cuenta de que sobre mis mantitas de polar había un viejo zapato que olía guácala.
—Zapato feo —maullé—, ¿de dónde saliste tú?
Y lo tomé por los cordones para dejarlo en el balcón.
Por la mañana, me desperté muy temprano, pero ya no tenía tantas ganas de jugar, porque sabía que lo haría sola. Cuando estaba comiendo en la cocina, me llevé una gran sorpresa: aquel zapato feo estaba encima de mi plato de comida.
—Oye, Zapato, ¿por qué me andas siguiendo? Eres un zapato siguión.
Mordí el cordón del zapato para tirarlo a la basura, pero de repente, aquel zapato se puso a saltar. Era un zapato muy raro, pues los zapatos no saltan, a menos que tengan un humano dentro.  Y este no era el caso.
Al darme cuenta de eso, sentí mucho miedo y me puse a correr por la cocina, escapando del zapato; pues aquel zapato, aunque no me crean, me estaba persiguiendo.
—Oli —maullé.
Tiritando, salté sobre su lomo y la abracé muerta de susto.
—Un zapato saltarín me quiere comer.
Olivia despertó, dijo guf y me tomó del cuello, como a los gatitos, para llevarme a mi escondite secreto.
—Emilia —me dijo—, parece que estás durmiendo muy poco y por eso sueñas despierta.
Me cubrí con mis mantitas y entonces me di cuenta de que no tenía escapatoria, pues aquel zapato saltarín se había colado en mi escondite sin que nadie se diera cuenta.
—Zapato —maullé cubriéndome la cara con las patas—, me atrapaste, me rindo, pero, por favor, no me comas.
—No te voy a comer —dijo el zapato—. Soy una gata y los gatos no comen gatos.
Tímidamente estiré mis patas y toqué el rostro de una gata, la gata del zapato, y me di cuenta de que tenía la cara chistosa. No solo esta era chistosa, ella era chistosa entera, porque de repente, sin ninguna razón comenzó a reír y a bromear.
—Ja, ja, ja —decía—, creías que era un zapato comilón, ja, ja, ja.
—Pero es que saliste de un zapato.
—Sí, supongo. Es que es un zapato mágico. Oye, ¿sabías que puedo colgarme de las cortinas y botarlas?
—No.
—¿Quieres ver cómo lo hago?
—Es que yo no veo.
—No importa, me puedes escuchar, te va a dar risa.
La gatita dio brincos de conejo. Dijo ¡Emi, Emi, Emi, sígueme! y corrió como loca, buscando cortinas de las que colgarse. Era muy entretenido escucharla y efectivamente sus locuras daban risa.
Aquella gata se llama Bambina y es mi nueva hermana gata. Yo no sé si habrá nacido de un zapato, lo único que sé es que alguien, en alguna parte, escuchó mi deseo.

 

1 Comentario

  1. Marianela parra molina dice:

    Hola quiero participar en la pagina de viva

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