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Emilio y su amigo robot

Emilio dormía en el patio, cuando se dio cuenta que alguien caminaba tras él.
—¿Quién anda ahí? —preguntó.
Y entonces dijo una voz:
—Soy un robot perdido.
¡Era un robot de juguete enterrado en el lodo! Emilio lo rescató para llevarlo a casa y orgulloso lo enseñó a sus hermanos.
—Está feo —dijo el pancito atún.
—Está viejo —dijo el pancito cuerda.
Y así fue que todos los pancitos despreciaron al robot. A Emilio no le importó y le dijo a su nuevo amigo:
—No te preocupes, yo jugaré contigo.
Le arrojó una pelota, pero el robot no la recibió.
—¿No quieres jugar? —preguntó Emilio.
—Es que me falta una pierna.
Era verdad, solo que Emilio no se había dado cuenta. Sin perder tiempo, el ingenioso gatito reemplazó la pierna del robot por una cuchara.
—¿Ahora ya puedes chutear?
—Sí —dijo el robot, pero pateó con tanta fuerza que la pelota se fue por la ventana—. Lo siento, no puedo calcular mis movimientos porque estoy oxidado.
Emilio llevó al robot a la cocina y le vacío una botella de aceite. Ahora el robot sí que podía moverse bien, pero por alguna razón no se alegraba.
—¿Qué te ocurre, robot, estás triste?
—Es que acabo de recordar que también perdí mis ojos. Soy un robot muy viejo.
El pequeño Emilio pegó dos botones en las cuencas vacías del robot. Ahora estaba listo para jugar, pero seguía tieso como una tetera.
—Es inútil —dijo el robot—, puedes reemplazar todas mis piezas, pero los botones no sirven para ver. Por favor, arrójame a la basura.
—Los amigos no se botan, aunque les falten pedacitos.
Emilio tomó las manos del robot y las puso sobre su propio rostro.
—Oh, no tienes ojos —exclamó el robot.
—Así es, pero miro con mis bigotes, mis orejas y mi nariz. Es una manera diferente de mirar pero igual es mirar. ¿Quieres que te enseñe?
El robot se sacudió de lado a lado y sus lucecitas de colores parpadearon alegremente. Y es que, por primera vez después de muchos años volvía a tener esperanza.
—Acepto —dijo el robot y tomando las manos de Emilio, se preparó para aprender a a mirar.

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