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Emilio se hace pequeñito. ¡Descubre su nueva y mágica historia!

Emilio se  hace pequeñito

Hola, soy el Emilio. Hoy por la mañana me desperté tempranito a jugar con la Emi. Le dije “Emi, Emi, Emi, juguemos”, pero la Emi no quería jugar. Andaba con la nariz con mocos, llena de micobrios. Es tan pollito, la pobre. “Pucha Emi”, le dije yo. Le puse un pañito en las patas para que no le diera frío y me quedé con ella esperando que se sanara. “¿Ya te sanaste, Emi?”, le preguntaba a cada rato. Pero no se sanaba.
Me fui al balcón y levanté bien la nariz. “Hada de los deseos”, dije, “quiero ser pequeñito para combatir a los micobrios de la Emi”. Golpeé con las patas tres veces, así pim pim pim y entonces la hada me hizo chiquito. Ahora tenía un polvo para hacer chiquitito a los demás, que daba ganas de estornudar pero no de micobrios, sino de pica pica. 
Fui donde Carrito y le eché el polvo para hacerse pequeñito. Carrito se hizo chico como un poroto y dijo “Wuiiii, soy como una pulga”. Yo le expliqué que lo había vuelto chiquito para curar a la Emi, y se puso contento. Fuimos donde los pancitos, los hicimos más chicos y armamos un súper equipo de gatos pulgas.
La Emi estaba durmiendo en su escondite secreto, haciendo gorgoritos con la nariz y cuando bostezó nos metimos por su boca. Yo andaba con una pala de arena y Carrito con una pelota. Era todo súper raro adentro del cuerpo de la Emi, lleno de micobrios. Pero nosotros no teníamos miedo. Bueno, sí, un poquito. 
Andábamos en medio de un pedazo de pan, cuando Carrito dijo: “Cuidado Emilio, un micobrio”. Era un gran microbio con olor guácala que corría encima de nosotros. Yo di un salto y lo atrapé con mi pala de arena y lo guardé en una bolsita. Mis hermanos se pusieron muy contentos porque ya le habíamos ganado a un microbio. Sólo nos faltaban como mil, pero por algo se empieza. Íbamos caminando por dentro de la panza de la Emi y la escuchábamos quejarse. “Ayayayay, que estoy refriada”, decía la pobrecita. Y yo le decía: “no te preocupes hermana pollo, nosotros te curaremos”. 
De repente, llegamos donde un grupo de microbrios. Según Carrito eran súper feos, como monstruos. Los pancitos se pusieron a llorar y se escondieron tras Carrito. Ninguno podía moverse por el miedo. Estaba yo solito contra esos micobrios guácala. Corrí con mi pala de arena y les di un montón de pataditas en la guata. Al final se convirtieron en jalea y salieron corriendo y dijeron “ganaste Emilio, ganaste, dejaremos a tu hermana en paz”. “Eso”, dije yo, “monstruos feos, dejen a la Emi. Somos súper campeones de micobrios”. 
Mis hermanos y yo estábamos súper contentos de haber dejado a la Emi libre de micobrios. Y entonces, de repente, regresamos a la casa y nos volvimos grandes otra vez.
Yo estaba súper feliz pero de repente bostecé y me di cuenta que todo había sido un sueño. Nada más que un sueño. Nunca nos hicimos pequeños, ni combatimos a los micobrios de la Emi. La pobre seguía enfermita. 
Me dio mucha pena y me acosté junto a mi hermana pollo que seguía respirando con gorgoritos. La tapé con una mantita y le deseé buenas noches. 
Pero por la mañana pasó algo bonito. La Emi me tiró de la cola y me dijo: 
—Enano, enanito, estoy súper bien, sin micobrios 
—¿En serio? 
—Sí, súper, no estornudo nada, es como un milagro. 
—Que bueno. Súper bakán. 
La Emi me dio un gran beso de nariz y corrió a la cocina a comer porque es muy comilona. Pero antes de alejarse regresó y me hizo cariño en las orejas. Estaba feliz. 
Me estiré, saudí las orejas y fui al balcón. Paré bien la nariz y dije: 
—Gracias hada de los deseos por haberme dado la oportunidad de ayudar a mi hermanita pollo. 

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