Emilio y sus amigos de la granja
19/02/2018
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Emilio y el primer pancito

Hace poco una camada entera de gatitos se fue en adopción. Bueno, no todos, quedó el más pequeño: Pancito.

Pancito es muy loco y nunca suelta una pelota que encontró bajo la cama, es muy parecido a Emilio por eso el enano le enseña muchas cosas, no son cosas muy provechosas pero al menos se entretienen porque Emilio es el í­dolo de Pancito.
Hoy, Emilio se subió al sillón y le dijo a Pancito que lo imitara, “No” le dijo Pancito, “Porque se me va a caer la pelota”, Emilio bajó del sillón y lo empujó para que se subiera pero Pancito pensó que le iba a quitar su pelota y salió corriendo. Emilio lo persiguió mientras Pancito corrí­a con su pelota en la boca y cuando lo atrapó, Pancito le dio un gran abrazo y como son dormilones se durmieron ahí mismo.
Pancito despertó con ganas de jugar pero Emilio, que es flojo siguió roncando y se cubrió la cara para que no lo molestaran. “Bueno, papá Emilio”, le dijo Pancito, “te dejo dormir un ratito”. “No soy tu papá”, dijo Emilio entre sueño, “Bueno sí­, un poquito, te quiero”. Y al decir esto volvió a dormir.


Más tarde llegó una amiga de mi humana, es una humana muy simpática que siempre juega con nosotros, nos saludó y le hizo cariño a Pancito. Y Pancito se retorció entre sus dedos muy contento. Entonces la humana abrió una jaulita y en ella metió a Pancito. “No”, maullé, “hay que avisarle a Emilio”.
Emilio no estaba en ninguna parte, ni en el balcón, ni bajo las camas, ni siquiera en mi escondite secreto. “¿Dónde estás, Emilio?”, maullaba, “debes despedirte de Pancito porque se va en adopción”. Lo llamé muchas veces, pero Emilio no apareció.
Rato después, la humana simpática metió a Pancito en una jaula de transoporte. Pero antes de que se fuera, Pancito sacó sus patitas por entre la jaula. “Dile chao al papá Emilio” me dijo. No supe qué decir y escuché como Pancito, el último de la camada se iba a un buen hogar.
Me fui al balcón, muy triste, al sentir el ruido de las hojas, cuando escuché a Emilio. Bostezó y me dijo: “Emi, ahora le voy a enseñar a Pancito a abrir el refrigerador, tiene que saber abrirlo por si quiere comer pancito”. “Emilio”, dije, “sabí­as que Pancito lo iban a adoptar”. “Sí­, pero cuando eso pasara yo lo iba a esconder. Tenemos nuestro propio escondite secreto, Emi”. Emilio corrió a su escondite y llamó a Pancito. Y poco después regresó con la pelota de su amigo entre los dientes, la dejó caer y me dijo: “Se le quedó su pelota, Emi, hay que llevarle la pelota”. Le di un fuerte beso de nariz y le dije: “No se le olvidó, Emilio, te la dejó a ti porque te quiere”.
Abracé al enanito mientras lloraba con la pelota de pancito entre las patas, sin entender qué habí­a pasado. “No llores, enanito, Pancito será feliz y nunca te olvidará”. “Yo tampoco”, me dijo Emilio, “te quiero, Pancito”.

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