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Emilio le pone nombre a los pancitos
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Emilio cuida de sus hermanos pequeños

Anoche estaba en mi escondite cuando de repente escuché a Emilio hablar como señora. “Pancitos”, decí­a, “apúrense, vengan a comer”. Extrañada, salí­ a enterarme de lo que pasaba. Entonces me di cuenta que Emilio caminaba por la cocina y los pancitos lo seguí­an igual que pollitos a su mamá gallina. “Ya”, dijo Emilio, con voz de señora, “ahora coman pellet”. “Pero nosotros no comemos pellet”, dijeron los pancitos. “Ah, bueno”, dijo Emilio. Me tapé la boca para reírme.
Por la noche, cuando todos dormí­an, le pregunté a Emilio: “¿Por qué te haces pasar por la mamá de los pancitos?”. Emilio estaba acurrucado como pelota y estiró las patas: “Es que los pancitos creen que soy su mamá y me da pena decirles que no tienen mamá”. Me dio pena. Le lavé las orejas a Emilio y le dije que debí­a decirles la verdad, porque si alguna vez se enteraban que él no era su mamá se pondrí­an tristes, pero Emilio negó con la cabeza: “Nunca sabrán que no soy su mamá”, me dijo, “y ahora, déjame dormir porque todo el dí­a he hecho cosas de mamá y estoy cansado”.
Me fui al balcón a comer hojitas, jugué con ellas de guata mientras escuchaba roncar a mis hermanos y me dormí­. Por la mañana me despertó Carrito que rodaba por la casa con todos los pancitos encima, que jugaban a morderle las orejas. “Emi”, me dijo Carrito, “¿Puedes decirle a Emilio que venga por sus pancitos? Porque a mi ya me tienen aburrido”. Me dio mucha risa y fui a buscar a Emilio. Y como no lo encontré regresé con Carrito. El pobre se habí­a dormido, con todos los pancitos encima que seguí­an mordiéndole las orejas. Entonces los pancitos me dijeron: “Emilio se fue a buscar a nuestra mamá porque nosotros nos dimos cuenta que él no es nuestra mamá y nos pusimos a llorar”. “¿Y a dónde la fue a buscar?”, pregunté. “Se fue por el agujerito de la ventana”.


Me subió una bola de pelos por la garganta y cómo estaba tan nerviosa no le avisé a nadie y me trepé por la ventana para buscar a Emilio. “Enanito”, maullé, “regresa”. Moví­ las orejas y la nariz para encontrarlo. Estaba muy asustada porque el pobre no conocí­a la calle y podí­a pasarle cualquier cosa. Metí­ la cabeza por el agujerito de la ventana y me di cuenta que ya no cabí­a porque estaba medio gordita. “Por favor, Emilio”, maullé, “dime dónde estás yo te encontraré”. Estaba desesperada tratando de agrandar el agujerito y ya estaba a punto de llorar cuando escuché al enanito. “Hermana, estoy aquí­”, me dijo Emilio, el enanito habí­a salido a la calle pero no se habí­a alejado mucho y estaba acostado en el pastito. “No voy a entrar porque los pancitos no me quieren”, me dijo. Cuando Emilio dijo eso agrandé el agujerito con todas mis fuerzas y salí­ a acostarme en el pastito con él. “Claro que los pancitos te quieren. “¿Cómo no te van a querer? Si los cuidas y les enseñas cosas buenas”, Emilio escondió la cabeza entre sus patas y se puso a llorar muy despacito porque no querí­a que lo escuchara. “Yo también extraño a mi mamá gato, Emi, la extraño mucho, ¿Estará perdida?”. Le toqué la cara y le dije: “No, Emilito, no está perdida. Está en un lugar muy lindo con todas nuestras mamás. Y un dí­a, cuando todos seamos muy viejitos nos vendrán a ver, mientras tanto nos cuida nuestra mamá humana”. Emilio paró las orejas y me dijo: “¿En serio?”. “Sí­, enanito, en serio… Ahora, ven a jugar con los pancitos que te están esperando”. “Pfffff”, dijo Emilio, “ya, voy, pero déjame descansar un poquito, ¿ya?”. Le dije a mi hermano que descansara todo lo que quisiera y nos quedamos acurrucados en el pastito, sintiendo el viento de la tarde.

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