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Emilio aprende a decir adiós

Pancito es un gato muy pequeño, un gatito muy loco que nunca suelta una pelota vieja que encontró bajo la cama. Es muy parecido a Emilio, tanto que Emilio se dedica a enseñarle cosas. No le enseña cosas muy provechosas pero al menos se entretienen porque Emilio es el ídolo de Pancito. 
Hoy, Emilio le enseñó a Pancito subirse al sillón. Lo agarró del cuello y lo llevó arrastrando al living. Entonces saltó al sillón y le dijo a Pancito que lo imitara. Pancito lo miró con sus grandes ojos de gatito y estiró las patas. “No”, le dijo, “porque se me va a caer la pelota”. Emilio bajó del sillón y trató de empujarlo para que trepara pero Pancito pensó que le iban a quitar su pelota y salió corriendo. Emilio lo persiguió mucho rato, mientras Pancito corría con su pelota en la boca y cuando lo atrapó, Pancito le dio un gran abrazo y como son chicos se durmieron. 
Al rato, Pancito despertó con ganas de jugar pero Emilio, que es flojo siguió roncando y se cubrió la cara para que no lo molestaran. “Bueno, papá Emilio”, le dijo Pancito, “te dejo dormir un ratito”. “No soy tu papá”, dijo Emilio, entre sueños, “bueno sí, un poquito, te quiero”. Y al decir esto volvió a dormir. 
Más tarde llegó una amiga de mi humana. Es una humana muy simpática que siempre juega con nosotros. Nos saludó y tomó a Pancito y le hizo cariño. “Eres muy pequeñito”, le dijo. Le acarició las orejas y Pancito se retorció entre sus dedos, muy contento. Entonces la humana abrió una jaulita y en ella metió a Pancito. “No”, maullé yo, “hay que avisarle a Emilio”.
Emilio no estaba en ninguna parte. Ni el balcón, ni bajo las camas, ni siquiera en mi escondite secreto. “¿Dónde estás, Emilio?”, maullaba yo, “debes despedirte de Pancito”. Lo llamé muchas veces, muy fuerte, pero Emilio no me escuchó. 
Al rato escuché que se abría la puerta y me di cuenta que Pancito sacaba las patitas por entre la jaula. “Dile chao al papá Emilio”, dijo Pancito. Todos nos quedamos quietos mientras Pancito, el último de la camada de la señora gata se iba a un buen hogar. 
Me fui al balcón, muy triste, a sentir cómo mis amigas las hojitas revoloteaban, cuando escuché a Emilio. Bostezó y me dijo: “Emi, ahora le voy a enseñar a Pancito a abrir el refrigerador. Tiene que saber abrirlo por si quiere comer pancito”. Ladeé la cabeza y me acerqué a Emilio a lavarle las orejas. “Emilio”, le dije, “sabías que Pancito lo iban a adoptar”. “Sí, pero cuando eso pasara yo lo iba a esconder. Tenemos nuestro propio escondite secreto, Emi”. Emilio corrió a su escondite. Entró y llamó a Pancito, mientras yo lo esperaba afuera. Cuando Emilio salió llevaba la pelota de Pancito entre los dientes. La dejó caer y me dijo: “Se le quedó su pelota, Emi, hay que llevarle la pelota”. Le di un fuerte beso de nariz a Emilio y le dije: “No se le olvidó, Emilio, te la dejó a ti porque te quiere”.
Abracé al enanito mientras lloraba con la pelotita entre las patas, recordando a Pancito, sin entender qué había pasado. “No llores, enanito, Pancito será feliz y nunca te olvidará”. “Yo tampoco”, me dijo Emilio, “te quiero, Pancito”.

 

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