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Emilia y su amiguito humano

Esta mañana, mi humana se despertó temprano para hacer aseo. Limpió debajo de los muebles, roció la casa con un polvo que huele a flores y finalmente nos cepilló y nos dejó bien ordenaditos en el living. Al rato golpearon la puerta y entró una señora que caminaba de puntillas y olía a perfume guácala. Era la tía de mi humana y dijo que la casa olía a gato, lo que es mentira porque nosotros somos muy limpios.
—Camilo —dijo la señora Tía—, saluda a tu prima.
Camilo era un humano pequeñito y estaba tan quieto que ni siquiera me había dado cuenta de que existía. Mi humana le dijo hola y le dio un beso, pero Camilo no le respondió. Entonces mi humana se llevó a la señora Tía a recorrer la casa, para que viera que estaba ordenada.
Aquel humanito tan silencioso llamó mi atención. Me dejé guiar por su olor y como no parecía estar en ninguna parte, choqué con sus piernas.
—¿Quién eres? —preguntó Camilo.
—Me llamo Emilia —respondí.
—Qué nombre más raro.
—No tiene nada de raro. ¿Cuántos años tienes? —Camilo se quedó en silencio y escuché cómo se frotaba los dedos—. No sabes cuántos años tienes, ¿verdad?
—Es que no me importa —me dijo.
—Bueno, yo sí sé cuántos años tengo, tengo dos, no, quiero decir uno… La verdad es que a mí tampoco me importa.
—Es que los años no sirven para nada —dijo.
Mientras conversaba con Camilo, la señora Tía le decía a mi humana que la casa era un desorden, que los gatos dan alergia y mi humana no le respondió, porque le daba miedo.
—¿Cómo es que entiendes mis palabras? —le pregunté a Camilo.
—Lo mismo te iba a preguntar. Yo hablo, pero nadie me entiende y el médico dice que tengo una enfermedad, pero yo creo que está equivocado y que los enfermos son los demás, sobre todo el médico.
—Tienes razón —le dije.
Cuando mi humana terminó de enseñarle la casa a la señora Tía, que no paró de retarla en ningún momento, regresaron al living. Camilo estaba sentado en el sillón y me tenía sobre sus piernas. No me estaba haciendo cariño; solo conversábamos.
—Camilo —gritó la señora Tía—, el gato te va a dar alergia.
—¿La escuchaste? —me preguntó Camilo—. Siempre dice que algo me va a dar alergia, pero yo nunca estornudo.
—Es que te sobreprotegen. Lo mismo me pasa a mí.
La señora Tía se acercó a nosotros, muy lentamente y suspirando, y mi humana la sostuvo porque parecía que se iba a caer.
—¿Lo ves? —le dijo a mi humana—, parece que mira a la gata.
—Sí —dijo mi humana—, parece que están conversando.
—Pero es que Camilo no mira a nadie —dijo la señora Tía—. Los niños autistas evitan el contacto visual. —Se arrodilló junto a Camilo y le tomó la mano—. ¿Hijo, por qué no me miras?
Camilo le soltó la mano y se frotó los dedos.
—Emilia —me preguntó Camilo—, ¿por qué quiere que la mire?
—No sé. Debe pensar que si no la miras no la quieres.
—Pero, Emilia, tú no miras a nadie.
—Es que yo no tengo ojos, Camilo.
La señora Tía tenía pensado hacer una visita rápida para evitar los micobrios que dan alergia, pero se quedó todo el día. No volvió a tomarle la mano a Camilo pero sí que le hizo cariño en el pelo, diciéndole palabras bonitas, y en un momento hasta me hizo cosquillas. Cuando llegó la hora de irse, le preguntó a mi humana si podía volver la semana próxima y mi humana le dijo que sí. Entonces la señora Tía le dio un abrazo y luego tomó la mano de Camilo.
—Emilia —me dijo Camilo—, ¿qué hago?
—Apriétale la mano —le respondí.
Y entonces Camilo le apretó la mano a su mamá.

 

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