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Emilia visita a los abuelos

Ayer me enteré de algo muy triste: cerca de mi casa hay un lugar llamado Hogar de ancianos, donde viven muchos abuelos, a los que nadie visita. “Tengo que hacer algo para que sean felices”, me dije. Y sin perder tiempo, me puse mi capa de SúperEmilia y salté la pandereta para ir donde los abuelos.
Entré por la ventana del hogar y me encontré con un grupo de abuelitos sentados frente a un televisor, en completo silencio. Ronroneando, restregué mi espalda en las piernas de los albuelos y, como no me tomaron en cuenta, me acosté en la alfombra, pensando en la mejor manera de alegrarlos. Se me ocurrio una gran idea.
Salté sobre una mesita y me las arreglé para apagar el televisor. “Ahora conversarán entre ellos”, pensé. Pero en lugar de contarse mutuamente sus aventuras, los abuelitos le pidieron a la enfermera que les prendieran la tele.
“Bu”, me dije, “tal vez necesitan regalos bonitos”. Yo no sé muy bien que cosas les gustan a los humanos, pero sé que llevan ropa. Por eso, me metí en sus roperos y, regresé al living, envuelta en pantalones, vestidos y chalecos. “Soy un perchero”, dije, en idioma de gatos, pero los abuelitos ni me miraron.
Intenté un montón de otras cosas. Ninguna resultó, los abuelitos seguían quietos como si no estuvieran en ninguna parte, esperando la visita de sus familias, lo que jamás sucedía. Me trepé a las faldas de una señora que sostenía una madeja de lana y como soy gato jugué con la lana. “Jijiji”, dijo tímidamente la señora y me hizo cariño con el dedo en la cabeza, “miren, aquí hay un gato”, dijo.
“Ay, pero que eres fome”, dijo Emilio. Mi hermano me había seguido hasta el hogar sin que me diera cuenta y ahora venía acompañado por todos nuestros hermanos. “Así se juega”, dijo Emilio. Y se colgó de las cortinas mientras nuestros hermanos le perseguían la cola. De pronto todos los abuelitos comenzaron a reír, todos a la vez. Algunos golpeaban el suelo con los zapatos y otros batían as palmas celebrando las locuras de Emilio. Se habían puesto felices
De improviso apareció la enfermera y al ver lo que sucedía, corrió a buscar una escoba. “Oiga”, dijo una abuelita, “queremos estar con nuestros amigos”. Entonces, la abuelita cerró la puerta para que la enfermera dejara de molestar y se sentó en el suelo a jugar con nosotros.
Todavía estamos jugando con los abuelos. Son muy divertidos y tienen cientos de historias que contar. Yo sé que mi humana se enojará cuando regresemos, pero no me importa, pues haber ayudado a los abuelos, me hace muy feliz.

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