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Emilia nos enseña a mirar el mundo con la imaginación

Yo estaba en el balcón cuando apareció el pequeño Chiro. El pobre lloraba y se cubría el lugar en el que deberían de estar sus ojos. Y es que Chiro es ciego igual que yo.
—Emi, me dijeron que no tengo ojos. No me había dado cuenta y tengo pena.
—El que te dijo eso no tiene idea de lo que habla. Tú sí que tienes ojos.
—Pero me toco la cara y no los encuentro.
—Pero yo los veo
—Pero sí tu no ves, poh.
—Eso no es verdad. Los veo perfectamente. Son redondos y amarillos.
—¿Y qué es el amarillo?
—Es el color del sol.
—Soy como el sol —maulló Chiro y corrió donde el resto de los pancitos a contarles la buena noticia.
Como a los cinco minutos apareció Pinina.
—Emi —me dijo—, ¿es verdad que Chiro tiene ojos?
—Así es.
—Que bueno. Pero yo no tengo patitas, o sea, tengo pero no funcionan.
—Sí que funcionan, es más, son patitas fuertes que pueden saltar y bailar.
Me di cuenta que Pinita ladeaba la cabeza extrañada.
—¿Y eso cuando ocurre?
—Ocurre siempre. Todo el tiempo te veo bailar.
—No entiendo —dijo Pini—, porque cuando yo trato de caminar tirito como jalea.
Pinina pasó del entusiasmo a la tristeza, pues, por mucho que se esforzara no entendía cómo es que yo podía verla bailar y saltar. Tristemente se apoyó en la pata de una mesa para no caerse. Me acerqué a ella y le toqué los ojos.
—Ciérralos —le dije.
—Si los cierro me voy a caer.
—Hazme caso, ya verás que no.
Cuando Pini cerró sus ojos me dijo:
—Emilia, te veo y tienes ojos de arcoiris. ¿Cómo es que veo los ojos si no tienes?
—Es que estás mirando con los ojos de la imaginación. Ahora mira tus patas.
—Oh —dijo Pini—, las veo y son fuertes, como de canguro.
—Y lo mejor es que con esas patas puedes correr. ¿Quieres intentarlo?
Cualquiera que nos hubiera visto en ese momento, habría pensado que estábamos totalmente quietas. Pero en nuestro interior corríamos por un hermoso bosque de colores, dibujado con los ojos de los sueños.
—Emi —me dijo Pinina—, puedo correr.
—Sí, y yo puedo mirarte.

 

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