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Emilia y los gatitos de Kia

Estaba en mi escondite secreto cuando de repente mi humana me tomó para dejarme encima del sillón. Después,  levantó el sillón y las sillas, ¡revolvió toda la casa! mientras decía “pucha, oh”. Me extrañó mucho que mi humana desordenara la casa luego de haberla ordenado así­ que fui a preguntarle a Kia qué era lo que pasaba. Yo no conozco mucho a Kia porque llegó hace poco. Además, es muy inmadura, como dice mi humana, es una mamá gata primeriza que siempre está jugando como si fuera cachorra. Cuando le pregunté qué pasaba con mi humana me dijo que no sabía. “Que raro”, pensé. No le di más vueltas al asunto y me fui a la ventana a tomar el fresquito.
Estaba esperando a que a mi humana se le pasara la locura cuando de repente escuché unas patitas deslizándose suavemente en el patio. Me asomé por la ventana con las orejas bien paradas y escuché Miu. “¿Quien anda ahí­?”, pregunté. Esperé que me respondieran pero solo escuché los ladridos del perro del vecino. Entonces corrí­ con Kí­a y me metí­ en la cama de sus gatos chicos. Y me di cuenta que le faltaba uno. “Por eso mi humana anda tan loca”, me dije, “porque está buscando al gatito de Kia”.
Kia no podía ayudarme a buscar al gatito, porque debía cuidar a sus otros hijos. Así que regresé a la ventana. En la ventana hay una malla para que no nos escapemos. Es una malla de plástico muy dura pero a mi no me quedó más remedio que romperla. Asomé la cabeza y dije: “Oye, gatito, regresa”. Cuando dije esto, el perro del vecino se puso a ladrar muy fuerte y supe que el gatito se habí­a metido a su casa.

Salté por la ventana y corrí­ hacia la casa del vecino. Yo casi nunca salgo al patio, porque no me dejan, por eso choqué con los árboles, pero no me importó porque debí­a salvar al gatito.
Después de mucho ajetreó encontré la reja del vecino y escuché cómo el perro le ladraba al gatito. “¿Dónde estás pequeño?”, maullé, ” dime dónde estás”. Escuché un maullido chiquito, me metí­ por debajo de la reja y por fin lo encontré. El muy loco estaba acostado de guata, ronroneando y el enorme perro del vecino corrí­a a su alrededor haciéndole fiesta y sacudiendo las orejas. “Oye”, le dije al perro, “estás muy grande para jugar con un gatito”. “Guau”, respondió el perro. Tomé al gatito por el pescuezo y regresé a mi casa, mientras el gatito me pegaba cariñosas palmaditas con sus manos de juguete.
Lo habí­a logrado, pero cuando estaba a punto de meterme por el agujerito de la ventana, mi humana apareció y me retó. “Todo el dí­a buscando al gatito”, me dijo, “y resulta que lo tení­as tú. El gatito no es un juguete, Emilia”. Entonces mi humana llevó al gatito con Kí­a y no conforme con regalonearla le dio un sobre con comida húmeda y a mi me mandó a acostar. “Emilia, rompiste la ventana”, me dijo, “voy a tener que poner una nueva malla”.
Y yo que solo querí­a salvar al gatito. A mí­ siempre me pasan estas cosas.

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