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Emilia descubre una nueva vida

En las pasadas vacaciones viajé al sur de Chile y tuve una hermosa experiencia que quiero compartir con ustedes:
Yo paseaba por el bosque con mi gorro chilote, cuando de repente, escuché las pisadas de un pequeño animalito, tímido y frágil. Para no asustarlo, me escondí tras unos arbustos.
Aquel animalito daba vueltas, buscando algún lugar donde reposar. Y como brincaba delicadamente me di cuenta que era un cervatillo diminuto.
Cuando el cervatillo por fin encontró un lugar donde acostarse, estiró sus patas traseras todo lo que pudo y baló nerviosamente. Aquel cervatillo era una hembra. Y no solo eso, era una madre, pues, de pronto, de su cuerpo surgió la cabeza de un venadito que cayó de cabeza en la hierba.
El cachorro se incorporó rápidamente y giró en círculos, desorientado, hasta encontrar a su mamá. Pi, dijo el cervatillo, pi, con una voz tan pequeña que me recordó a la de un gatito. La madre del pequeño le lamió cariñosamente la cabeza y luego se puso de pie, golpeando el piso con las patas traseras. Estaba llamando al cervatillo para que lo siguiera y aquel cachorrito, que aún no sabía ponerse de pie, trotó tras ella, emitiendo aquel sonido diminuto: pi, pi.
Poco a poco el cachorro apuró el paso y sacudiendo torpemente sus largas patitas, encontró a su madre, para aprender todos los consejos que ella tenía que darle.
-Qué te vaya bien, pequeño -dije en voz baja.
Los cervatillos se perdieron entre los arbustos y yo me quedé maravillada con lo que acababa de pasar. Pues con mis orejas, bigotes y nariz habían presenciado el nacimiento de un pudú.

 

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