Viva el Emprendimiento: ALL FREE
12/07/2021
¿Cómo sobreponerse a una pérdida?
23/07/2021

Emilia ayuda a un perrito maltratado

El otro dí­a estaba en el balcón cuando escuché a un cachorro ladrar desde la casa del vecino.
-Hola -le dije-, me llamo Emilia, ¿cómo te llamas tú?
El perrito se quedó calladito. Lo que es raro porque los perros son muy habladores y les encanta ladrar.
Mas tarde me fui a mi escondite secreto y volví­ a escuchar al perrito. Decí­a mmm, mmm, con pena. Me preocupé y regresé al balcón.
-Hola, perrito -dije-, ¿Cómo estás?
En lugar de quedarse callado, el perrito lloró y entonces escuché la voz de un humano que lo retaba. Se me subió una bola de pelos porque el humano tení­a una voz fea de malo.
-Oiga -maullé-, no rete al perrito
Como había maullado muy fuerte, el humano dejó de retarlo. Pero por la noche el perrito ladró todavía más fuerte. Y es que ahora el humano le pegaba con un palo. Aquel era un trabajo para SuperEmilia. Me puse mi capa, salí al balcón y crucé la pandereta del vecino.
El perrito lloraba bajito en el fondo de su patio. Me acerqué a él y le dije:
-Hola.
-Sal, gatita- me respondió el perrito-, yo cuido mi casa.
Y me ladró.
El perrito se hacía el valiente pero yo sabía que estaba asustado.
-No te preocupes -le dije-, soy tu amiga.
Como el perrito era cachorro, sacudió la cola y sacó la lengua, con ganas de jugar. Le dije que no hiciera ruido para poder cortarle la correa y después de mucho rato lo conseguí.
-Ahora te vienes a mi casa -le dije.
-Pero si esta es mi casa -respondió el perrito.
-Pero es que tu humano te pega con un palo -le respondí­.
-Ah, pero es mi culpa porque me como los zapatos.
El perrito se echó tristemente, pues pensaba que era malo y que le pegaban con razón.
Como no tení­a tiempo de convencerlo de que era bueno, lo arrastré de una oreja, pero entonces escuché la voz del humano.
-Vete, gatita -me dijo el perrito-, o mi humano te va a pegar con un palo.
Escuché los pasos del humano y huí, prometiéndole al perrito regresar. No dormí­ en toda la noche pensando en él y en la mañana me asomé al balcón a saludarlo.
-Perrito -dije-, ¿dónde te metiste?
Pero el perrito no me respondió. Ahora ya no estaba en su casa, pues seguramente su humano lo había botado a la calle por comerle los zapatos.
Todo el día estuve triste y por más que mis hermanos trataron de consolarme, no pude evitar llorar. Yo no era SuperEmilia, solo era una gata ciega que no había podido ayudar al perrito.
Tarde, en la noche me fui al balcón a sentir el viento y las hojitas que caí­an de los árboles. No jugaba con ellas, solo las escuchaba. De repente oí­ que rasguñaban la puerta muy fuerte. Un ladrón, me dije, y me escondí en un rinconcito. Mi humana se levantó con un sartén en la mano y abrió la puerta.
El que rasguñaba la puerta era el perrito, que había venido a visitarme.
-Hola gatita -me dijo-, mi humano me botó lejos pero yo tengo superolfato y regresé.
Me lamió toda la cara y luego se echó de guata para jugar.
-¿Puedo vivir contigo, puedo, puedo?
-Claro que sí, perrito, claro.
Desde hoy hay un nuevo miembro en la pandilla y se llama Perrito.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *