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Emilia ayuda a un amigo en apuros

Hace unos días, me encontraba tomando el fresco en el patio de mi casa, cuando un cachorro ladró desde la casa del vecino. Era la primera vez que escuchaba su voz así que lo saludé:
— Hola, amigo — dije— , ¿quieres venir a jugar?
Pero, en lugar de responderme, el perrito lloró en voz baja, con mucha pena.
— ¿Te ocurre algo, vecino? — pregunté.
Me puse a dar vueltas en el mismo sitio, como hago cuando estoy asustada, y entonces, oi la voz de un humano gruñón, que reprendía duramente al perrito con estas palabras:
— Eres un perro cochino, siempre te haces en la alfombra.
Maullé con todas mis fuerzas para que el humano dejara de retar al cachorro y, aunque no lo crean, tuve éxito, pues el humano por fin se calló.
Me sentí muy satisfecha por haber hecho mi buena acción del día, pero esa misma noche ocurrió algo terrible. Pues el humano estaba maltratando al perrito, aunque esta vez, no lo hacía con retos, sino con una correa.
No podía permitir que aquello continuara, así que, sigilosamente, salí de casa y cruzando la pandereta del patio, me colé en la casa del vecino.
Me encontré al cachorro llorando al interior de su casita de madera y entonces le dije:
— Mi nombre es Emilia y soy tu vecina.
— No debes estar aquí — respondió el perrito— , yo soy un perro guardián y te ordeno salir de mi casa.
Pobre perrito, tenía apenas unos meses y ya cumplía su labor de perro. Para que no se sintiera mal, me hice la asustada, pero luego comencé a mover la cola y el perrito no pudo resistirse a jugar con ella. Después de todo era un cachorro.
— Amigo — le dije— , ¿te pegan mucho?
— Bueno sí, pero es que me lo merezco, porque levanto la pata en la alfombra y eso es malo.
— ¿Pero te sacan a pasear?
— ¿Qué es eso?
— Es salir a jugar al parque.
El perrito saltó en las patas traseras diciendo que sí, muy emocionado.
— Bueno, entonces, te invito a vivir a mi casa.
El perrito no parecía muy convencido, pero como no tenía tiempo de darle explicaciones, le desenredé la correa con los dientes y le dije que me siguiera. En ese momento apareció su humano.
— Vete, gatita — me dijo el cachorro— , o mi humano te pegará con su cinturón.
Les confieso que tuve mucho miedo, pero como aquella era mi única oportunidad, tiré al perrito por las orejas y lo arrastré hasta la pandereta. Pero aunque me esforcé fue inútil: el humano alcanzó a agarrar al perrito y volvió a amarrarlo.
De regreso a mi casa me sentí muy triste; había fallado en ayudar al perrito y lo pero de todo es que ya ni siquiera escuchaba su voz. Temía que algo muy malo hubiera sucedido. Estaba a punto de echarme a llorar, cuando alguien golpeó la puerta de casa. Mi humana abrió y, ¿adivinen quién estaba del otro lado? Era el cachorro que, al verme, corrió a contarme lo que había pasado.
— Gatita — me dijo— , anoche mi humano se enojó tanto pero tanto que me botó a la calle. Pero como tengo un gran olfato de perro guardián supe regresar. Al llegar a la casa de mi humano me dije: “no, a esta casa no, mejor donde la gatita”. Y por eso estoy aquí. ¿Esta es mi nueva casa?
— Sí, amigo, es tu nueva casa.
El perrito me lamió la cara de contento y, aunque me dejó toda baboseada, me sentí muy feliz de haberlo ayudado.

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