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El gatito del árbol

Había un pancito de nombre Cometa. Y como todos los pancitos, se hizo amigo de Emilio. Mi hermano le enseñaba muchas lecciones, como el modo de correr sin lastimarse. Y es que Cometa era un pancito muy frágil.
El lugar favorito de los pequeños era al jardín; ahí podían hacer de las suyas sin que nadie los molestara. Eran muy felices. Pero un día, Cometa se enfermó y, aunque mi humana le prodigó muchos cuidados, el pequeño decidió dejarnos para siempre.
Que triste se sintió Emilio. Lloró sin parar día tras día.
-¿Emilio llorará para siempre? -preguntaban mis hermanos.
Y aunque yo decía que no, temía que tuvieran razón.
Plantamos una semilla en el sitio en el que descansaba Cometa. Y con el tiempo aquella semilla se convirtió en un hermoso árbol.
-¿Ya te sientes mejor? -le pregunté a Emilio.
Emilio tocó las hojas del árbol y dijo que sí. Pero yo sabía que no era verdad.
Pasaron el tiempo y una noche llovió torrencialmente.
-Emi -me dijo Emilio-, debo cubrir a Cometa.
Y, cogiendo una de mis mantitas, corrió al patio. No pude impedir que saliera y tuve que seguirlo en medio de la tormenta.
-¿Dónde estas, Emilio? -maullé, una vez en el patio.
-Estoy con Cometa -dijo Emilio-, dice que tiene frío.
-Pero Emilio -dije yo-, es solo un arbolito, regresa a casa.
No podía localizar a mi hermano, pues hacían demasiado frio y mi nariz se congeló. Así que corrí, llamándolo a gritos, sin saber dónde me encontraba.
-Por favor, Emilio, nos vamos a congelar.
-Emilio está bien -dijo una vocecilla desde lo alto del árbol.
-¿Quién eres tú? -pregunté curiosa.
-Jijiji -rió la vocecilla.
Me sacudí el agua de lluvia y trepé al árbol, sin comprender nada. Y al llegar a la cima, toqué las patas de mi hermano, que dormía apaciblemente.
-No lo despiertes -dijo la vocecilla-, deja que duerma conmigo esta noche.
-¿Eres tú? -pregunté.
-Jijji -rió la vocecilla.
Bajé del árbol silenciosamente. Y antes de entrar a casa, pude ver una luz brillante a través de mis ojos ciegos. ¿Y saben quién estaba bajo aquella luz? Emilio y Cometa, el pequeño pancito que nunca lo dejó solo.

 

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