¿Y si esta Semana Santa nos escapamos a Buenos Aires?
13/03/2018
Conoce la historia de Kia
15/03/2018

Descubre la historia de Cegata

Cegata viví­a feliz, recorrí­a su casa contando los pasos y podía ubicarse solo usando sus bigotes, ¡sus humanos la querían mucho! Habí­a vivido años con ellos y ya conocí­a su casa de memoria. Entraba a las piezas y dormí­a en cualquier cama y aunque a veces la dejaban salir ella nunca se alejaba demasiado. Un dí­a llegó un nuevo humano a la casa que no querí­a a los gatos. Era como el jefe de la casa y se quejaba porque Cegata dejaba la alfombra con pelos y no le gustaba gastar esa cosa llamada dinero en comida para ella, pero como Cegata era la reina de la casa no podí­a hacer nada. De todos modos cada vez que podí­a dejaba a Cegata en la calle y la pobre se tení­a que quedar ahí­ hasta que sus amigos humanos la entraban.
Un dí­a Cegata se puso rara, ella nunca habí­a sido regalona pero ahora ronroneaba y se restregaba en las piernas de todos incluso en las del humano que no la querí­a. El pelo se le puso brillante y comenzó a buscar rincones donde refugiarse. La encontraban escondida en el fondo del ropero con un montón de toalla nova rota que usaba como camita y a veces la pillaban tratando de meterse en el horno de la cocina, como Cegata andaba tan rara el humano que no la querí­a la tomó de la panza, “Tú estás demasiado gorda”, le dijo, “y eso sí­ que no lo voy a permitir con un gato me basta” así­ que en la noche, cuando todos dormían la metió en una mochila y salió a la calle. Caminó mucho rato hasta que vio un gran agujero lleno de vehí­culos gigantes y piedras donde estaban haciendo una casa entonces el humano dejó a Cegata ahí­.

A Cegata le costó mucho abrir la mochila y cuando salió se encontró perdida en aquel lugar lleno de tierra y olores raros. De nada le valí­a contar los pasos porque nunca habí­a estado allí­ y pasó la noche en un rinconcito tiritando de frí­o. Por la mañana, cuando llegaron los humanos a encender sus vehí­culos gigantes, Cegata se puso como loca y corrió sin rumbo. Chocó con las piedras, con los fierros hasta que cayó a un hoyo. El hoyo era profundo y Cegata saltó pidiendo ayuda a sus humanos mientras la guata que ya la tenía redondita se le sacudí­a como una bolsa con agua. No entendí­a por qué la habí­an dejado en aquel lugar tan feo. Cuando llegó la noche y se apagaron los vehí­culos, Cegata salió del hoyo y encontró un basurero. Estaba frí­o y mojado, olí­a guácala pero Cegata se metió porque debí­a estar protegida. Pasó la noche despierta presintiendo que en cualquier momento le reventarí­a la panza y tení­a mucho miedo de que eso pasara porque en la mañana se encenderí­an los vehí­culos otra vez.
En la madrugada hizo mucho frí­o. Cegata rompió unas bolsas, armó una camita y se hizo una pelota. Tení­a la nariz parada y alerta,  cuando menos lo esperaba se encendieron los vehículos entonces se puso a tiritar y a romper las bolsas de puro nervio cuando de repente le dolió mucho la guata y ¡sus gatitos llegaron al mundo!
Eran enanos y parecí­an pescaditos. Cegata los lavó para despertarlos pero solo se despertaron dos porque el tercero era chiquito y débil y no soportó el frí­o. Entonces uno de aquellos enormes vehí­culos hundió su brazo justo frente al basurero y sacó un montón de tierra. Cegata agarró a sus gatitos y salió del basurero. Escuchó las voces de los humanos que trabajaban ahí­ y corrió sin saber hacia dónde y de repente un humano la tomó en brazos y le dijo: “oye tú, ¿qué haces aquí­?”. Cegata trató de arañarlo para que no le robara a los gatitos, pero el humano le hizo cariño y la metió en una cajita y entonces Cegata y sus gatitos pasaron de mano en mano y llegaron a mi casa.
Cegata es una gata ciega igual que yo, nació sin ojos y ve el mundo con sus bigotes orejas y nariz. Todaví­a tiene mucha pena porque sabe que nunca volverá a su casa, no sabe porque la sacaron de ahí­ y tampoco sabí­a que iba a tener gatitos, el único que lo sabí­a era el humano que la botó. Ahora Cegata está en una pieza con sus gatitos y cada vez que mi humana entra a darle comida la pobre tirita porque piensa que la van a botar. Mientras tanto yo estoy en la puerta de su pieza con las orejas bien paradas escuchando como lava a sus gatitos. Estoy ansiosa de que salga porque quiero enseñarle la casa para mostrarle su caja de arena y decirle que nunca la van a botar aunque tenga ochenta gatitos. Seguro que nos vamos a hacer súper amigas con Cegata y vamos a contarnos nuestros trucos porque las dos nacimos sin ojos. Me siento muy feliz por Cegata.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *