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Descubre la historia de Cegata

Cegata viví­a feliz, recorrí­a su casa contando los pasos y podía ubicarse solo usando sus bigotes, ¡sus humanos la querían mucho! Habí­a vivido años con ellos y ya conocí­a su casa de memoria. Entraba a las piezas y dormí­a en cualquier cama y aunque a veces la dejaban salir ella nunca se alejaba demasiado. Un dí­a llegó un nuevo humano a la casa que no querí­a a los gatos. Era como el jefe de la casa y se quejaba porque Cegata dejaba la alfombra con pelos y no le gustaba gastar esa cosa llamada dinero en comida para ella, pero como Cegata era la reina de la casa no podí­a hacer nada. De todos modos cada vez que podí­a dejaba a Cegata en la calle y la pobre se tení­a que quedar ahí­ hasta que sus amigos humanos la entraban.
Un dí­a Cegata se puso rara, ella nunca habí­a sido regalona pero ahora ronroneaba y se restregaba en las piernas de todos incluso en las del humano que no la querí­a. El pelo se le puso brillante y comenzó a buscar rincones donde refugiarse. La encontraban escondida en el fondo del ropero con un montón de toalla nova rota que usaba como camita y a veces la pillaban tratando de meterse en el horno de la cocina, como Cegata andaba tan rara el humano que no la querí­a la tomó de la panza, «Tú estás demasiado gorda», le dijo, «y eso sí­ que no lo voy a permitir con un gato me basta» así­ que en la noche, cuando todos dormían la metió en una mochila y salió a la calle. Caminó mucho rato hasta que vio un gran agujero lleno de vehí­culos gigantes y piedras donde estaban haciendo una casa entonces el humano dejó a Cegata ahí­.

A Cegata le costó mucho abrir la mochila y cuando salió se encontró perdida en aquel lugar lleno de tierra y olores raros. De nada le valí­a contar los pasos porque nunca habí­a estado allí­ y pasó la noche en un rinconcito tiritando de frí­o. Por la mañana, cuando llegaron los humanos a encender sus vehí­culos gigantes, Cegata se puso como loca y corrió sin rumbo. Chocó con las piedras, con los fierros hasta que cayó a un hoyo. El hoyo era profundo y Cegata saltó pidiendo ayuda a sus humanos mientras la guata que ya la tenía redondita se le sacudí­a como una bolsa con agua. No entendí­a por qué la habí­an dejado en aquel lugar tan feo. Cuando llegó la noche y se apagaron los vehí­culos, Cegata salió del hoyo y encontró un basurero. Estaba frí­o y mojado, olí­a guácala pero Cegata se metió porque debí­a estar protegida. Pasó la noche despierta presintiendo que en cualquier momento le reventarí­a la panza y tení­a mucho miedo de que eso pasara porque en la mañana se encenderí­an los vehí­culos otra vez.
En la madrugada hizo mucho frí­o. Cegata rompió unas bolsas, armó una camita y se hizo una pelota. Tení­a la nariz parada y alerta,  cuando menos lo esperaba se encendieron los vehículos entonces se puso a tiritar y a romper las bolsas de puro nervio cuando de repente le dolió mucho la guata y ¡sus gatitos llegaron al mundo!
Eran enanos y parecí­an pescaditos. Cegata los lavó para despertarlos pero solo se despertaron dos porque el tercero era chiquito y débil y no soportó el frí­o. Entonces uno de aquellos enormes vehí­culos hundió su brazo justo frente al basurero y sacó un montón de tierra. Cegata agarró a sus gatitos y salió del basurero. Escuchó las voces de los humanos que trabajaban ahí­ y corrió sin saber hacia dónde y de repente un humano la tomó en brazos y le dijo: «oye tú, ¿qué haces aquí­?». Cegata trató de arañarlo para que no le robara a los gatitos, pero el humano le hizo cariño y la metió en una cajita y entonces Cegata y sus gatitos pasaron de mano en mano y llegaron a mi casa.
Cegata es una gata ciega igual que yo, nació sin ojos y ve el mundo con sus bigotes orejas y nariz. Todaví­a tiene mucha pena porque sabe que nunca volverá a su casa, no sabe porque la sacaron de ahí­ y tampoco sabí­a que iba a tener gatitos, el único que lo sabí­a era el humano que la botó. Ahora Cegata está en una pieza con sus gatitos y cada vez que mi humana entra a darle comida la pobre tirita porque piensa que la van a botar. Mientras tanto yo estoy en la puerta de su pieza con las orejas bien paradas escuchando como lava a sus gatitos. Estoy ansiosa de que salga porque quiero enseñarle la casa para mostrarle su caja de arena y decirle que nunca la van a botar aunque tenga ochenta gatitos. Seguro que nos vamos a hacer súper amigas con Cegata y vamos a contarnos nuestros trucos porque las dos nacimos sin ojos. Me siento muy feliz por Cegata.

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