Descubre la historia de Cegata
15/03/2018
“Emilia Rapa nui”, el nuevo libro de Emilia
19/03/2018

Conoce la historia de Kia

Hoy Kia vino a jugar conmigo, es muy simpática y pese que tiene cinco gatitos parece una gata chica. Estuvimos jugando mucho rato muy entretenidas hasta que me acordé de sus gatitos, así que la mandé a cuidarlos. Kia se amurró y se fue moviendo la cola hasta su caja, luego de lavar a sus gatos se puso a jugar con ellos pese a que querían dormir, “No eres una gata chica” le dije, entonces Kia me dijo que la dejara tranquila. Más tarde, cuando estaba en el balcón, Kia me agradeció por haber encontrado a su gato. “Me asusté mucho” me dijo, “por eso no supe qué hacer”. Y entonces me contó su historia:

Kia viví­a en una casa con sus humanos y ellos la regaloneaban porque es muy bonita. Le tiraban bolitas de papel y la hací­an perseguir luces que salí­an de una cosa llamada linterna, Kí­a los querí­a mucho. Pero sus humanos la querí­an a su manera, por eso la dejaban salir a la calle a riesgo de que la atropellaran los vehí­culos y tampoco la llevaban al veterinario. Un dí­a a Kí­a se le agrandó la guata y tuvo gatitos. Kí­a ni siquiera sabí­a lo que eran los gatitos y se limitaba a jugar con ellos como si fueran pelotas. Los lavaba y cuando se acordaba les daba leche y estaba contenta con aquellos enanos, pero un dí­a sus humanos los regalaron. Kia apenas habí­a conocido a sus gatitos y le dio mucha pena perderlos, estuvo triste mucho tiempo hasta que un dí­a salió a la calle para jugar entre los vehí­culos y entonces volvió a ser la de siempre.
Un dí­a a su humana le creció la guata igual que a Kí­a y se puso redonda. Kia se dio cuenta de lo que le pasaba porque algo en su naturaleza se lo decí­a y se sintió mucho más unida a aquella humana que tendrí­a humanitos, tal como ella habí­a tenido gatitos. Se acostaba en su panza redonda, le ronroneaba y la humana le acariciaba la cabeza, entonces Kia le mordí­a los dedos muy suavecito. Entonces la guata de la humana se hizo más grande y un dí­a el esposo de la humana se enojó porque Kia estaba dentro de la casa, decí­a que Kia era una bola de pelos y que todos esos pelos se irí­an a la guata de su esposa. El humano estaba furioso.
Un día aquel humano abrió la ventana para que Kí­a saliera y la cerró. Nunca más la volvió a abrir. Kia no entendí­a nada por qué la habían dejado fuera y por eso rasguñaba la ventana de su querida humana, pero ella, en lugar de abrirla bajaba la cortina. “¿Es que ya no quieres jugar conmigo?”, decí­a Kia.

Kia dormí­a fuera de la casa de sus humanos y cuando ellos se iban al trabajo ella corrí­a a restregarse en sus piernas, pero así todo, no la dejaran entrar. Kia se deprimió mucho y se le quitaron las ganas de jugar, se puso flaca porque ya no le daban comida. Pero a pesar de eso no se alejaba del hogar en el que habí­a sido feliz.
Un dí­a Kia volvió a ponerse gorda. Se habí­a llenado de leche y sabí­a que tarde o temprano volverí­a a tener gatitos. Fue un invierno muy duro y en medio de ese frío sus gatitos nacieron. Los tení­a frente a la casa, bajo un basurero y los cuidaba lo mejor que podí­a a pesar de ser medio loca. A veces, cuando su humana salí­a a trabajar corrí­a con alguno de sus gatitos en el hocico y se los enseñaba con orgullo. Pero su humana la habí­a olvidado. O tal vez no. Porque un dí­a el esposo de su humana la metió con gatitos y todo en su vehí­culo y la llevó lejos para no tener que verla a diario. Entonces Kia se quedó sola con aquellos gatitos a los que no sabí­a muy bien cómo cuidar.

Cuando Kia acabó su historia me dio pena pero Kia me dijo que no me preocupara. “Ahora estoy bien” me dijo, “aquí­ tengo todo lo que necesito, comida, cariño, refugio y lo mejor es que hasta tengo tiempo de jugar porque tengo una niñera”. “¿Qué niñera?”, le pregunté. “Tú, pues Emilia” me dijo. Y salió persiguiéndome igual que una gata chica.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *