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Una historia para el día de la mamá

Perico era un gatito que vivía en la panza de su mamá, le faltaba muy poco para nacer y estaba ansioso por conocer el mundo. Y como era mágico, podía hablar con su mamá. Al principio conversaban de cosas graciosas, pero ahora su mamá había enfermado y apenas sacaba la voz.
—¿Qué te pasa, mamá —preguntó Perico—, ¿por qué estás tan calladita?
—No es nada —respondió su mamá.
Lo que Perico no sabía es que su mamá no comía desde hacía varios días, pues era una gata abandonada que vivía en la calle.
Pasaban los días y Perico estaba impaciente por nacer. A veces se daba vueltas de carnero al interior de su mamá, maullando yupiii, y entonces su mamá lo retaba.
—Eladio, deja de darme patadas, no seas pesado.
—Es que quiero nacer, ¿cuándo voy a nacer?, ¿ahora?
—Nacerás cuando encontremos la casa de Emilia.
—Ah, verdad, la casa de la gatita ciega. Bueno, tuto.
La mamá de Perico tenía una gran panza pero el resto de su cuerpo se había puesto delgadito. Ahora solo comía basura y cosas que la enfermaban pero al menos Perico crecía bien. O eso es lo que ella creía, pues Eladio, pese a disfrutar en su mundo mágico, era tan débil como ella.
Fue un día lunes de diciembre cuando Perico despertó en plena noche con ganas de conversar:
—Mamá, ya decidí lo que seré cuando grande. Cuando grande voy a ser conejo. O pato, pero de ninguna manera pollo.
Perico decía todas estas locuras con mucha seriedad, por eso le extrañó que su mamá no le respondiera.
—¿Mamá, por qué no me respondes, te quedaste mudita?
Su mamá seguía sin decir palabra y de no ser porque Perico sabía que estaba dentro de su panza, habría jurado que se había marchado.
—Mamá —maulló Perico—, ya te dije que quiero ser pato. Contesta, pu.
Perico intentó despertar a su mamá con enojo, con ternura y con risas. Pero al cabo de un tiempo sintió algo extraño y su corazón se apretó.
—Mamá, mamá, mamá —maulló Perico—mamá, mamá, mamá.
Pateó la bolsa de agua en la que vivía. Se dio vueltas, nadó de un lado a otro como un pescadito. Estaba desesperado, pues el cordón por el que comía y respiraba se estaba tapando. Con los cachetes inflados, buceó en el interior de su bolsita y al encontrarse con una pared golpeó así: Toc, Toc.
—Mamá, mamá, despierta, mamá, por favor, me estoy apagando.
Perico dio dos golpecitos más, esta vez muy débiles y cuando se le acabaron las fuerzas, se dejó llevar por la corriente…
Y entonces, cuando sentía que todo esta perdido, lloró muy fuerte como hacen todos los bebés. Y es que Perico, por fin acababa de nacer.
No pudo abrir sus ojos, pues aún era muy pequeño, pero sintió que alguien lo lavaba. Era su mamá, que dormía junto a él en una cajita de cartón, rodeada de gatos que la protegían.
—Hola, mamá —dijo Perico—, ¿dónde estamos?
—Lo conseguimos, hijito, estamos en casa de Emilia.
Y entonces, el pequeño Perico abrazó a su mamá y se durmió, feliz de conocer el mundo.

 

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