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¡Un nuevo amigo se integra a la pandilla!

Un nuevo rescatado llegó a mi casa. Pero no es un gato, como ustedes imaginan; es un erizo redondo y pinchudo.
“Hola, erizo”, le dije. Estiré mi pata para saludarlo, pero el erizo me pinchó con una de sus espinas. “Ayayayay”, dije, “¿por qué me pinchas? Yo solo quería saludar”.
Corrí a esconderme a mi escondite secreto, sin comprender por qué el erizo me había pinchado. Y muy pronto, el resto de mis hermanos vino a hacerme compañía, pues el erizo también les había hecho lo mismo.
“Que pesado es ese erizo”, dijeron. Y se durmieron, sin atreverse a salir al living.
Cuando desperté por la mañana me di cuenta de que mi capa de SuperEmilia no estaba por ninguna parte. Pero, lo más curioso de todo, es que mis hermanos también habían perdido sus objetos favoritos. Bambina perdió su zapato, y Carrito su carro. Aquello era un verdadero misterio.
“¿Qué misterio ni qué ocho y cuartos?”, dijo Bambina, “Seguro fue aquel erizo pesado que no se conforma con clavarnos sus espinas”.
Justo después de que mis hemanos salieran a pedir explicaciones al erizo, apareció Emilio y me dijo:
“Emilia, ¿tienes un rollito de confort?”.
“No, Emilio”, respondí, “¿para qué quieres un rollito de confort?”
“Por nada”, me dijo Emilio. Y se fue corriendo.
Quería seguir interrogando a Emilio acerca del rollo de confort, pero no puede, pues en ese preciso momento, mis hermanos comenzaron a acusar al pobre Erizo de robarles sus objetos favoritos.
“¿Por qué retan al erizo?, les dije, “¿acaso tienen pruebas contra él?”.
“No es necesario tener pruebas”, respondió Bambina, “el erizo es pinchudo y por eso lo más seguro es que sea un ladrón”.
Me sentí muy apenada por las palabras de Bambina y corrí tras el erizo para consolarlo. Lamentablemente, no lo encontré por ninguna parte.
Al llegar la tarde, escuché que alguien abría la ventana. ¡Era el erizo, que estaba haciendo esfuerzos por salir al exterior!
“¿Dónde vas, Erizo?”, le pregunté.
“Me voy a vivir a la calle, porque aquí nadie me quiere. En la otra casa me trataban como a una pelota y por eso me rompí. Pero aquí me dicen ladrón que es peor. Yo no soy ladrón”.
Hice todo lo posible por impedir que el erizo se fuera, pero era demasiado pinchudo y me costaba hacerlo. El pobre, estaba a punto de arrojarse por la ventana cuando aparecieron mis hermanos.
“Emi, Emi, Emi”, dijo Bambina, “descubrimos al ratero. Es Emilio”.
“Lo siento”, dijo Emilio, “Es que en la tele dijeron que se iba a acabar el mundo y que había que guardar muchas cosas. Por eso guardé zapatos, carros y confort de confort”.
Luego de escuchar las palabras de Emilio, mis hermanos se sintieron muy apenados y se disculparon con el pobre erizo, al que habían llamado ladrón.
Toqué la carita del erizo. Era una carita como de ratón, con bigotes como los nuestros, muy simpática.
“Yo no soy malo”, dijo el erizo, “yo no los pincho a propósito, lo que pasa es que no puedo evitar ser pinchudo”.
Además de pinchudo, el erizo es pequeño y muy juguetón. Y, por si esto fuera poco, si se lo trata con cuidado, no pincha para nada. Sin duda, lo mejor del erizo, es que les dio a mis hermanos una lección muy importante: nadie debe ser juzgado por las apariencias.
Saludos de pata.

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