Guía infalible para aprovechar al máximo el Mes de la Fotografía
19/08/2019
2 cafeterías gatunas para visitar en este mes dedicado a los gatos
19/08/2019

Un hogar para todos los gatos abandonados

“Emi, Emi, Emi”, me dijo Emilio, “tengo un poncho”.
Yo estaba en el balcón, jugando con las hojas de mi árbol, así y todo tuve que hacerle caso al insistente de Emilio. Olfateé su poncho y le dije:
“Oye, pero este poncho huele guácala”.
“Ya, pero es un ponchito mágico”.
“¿Y por qué?”.
“Porque hace magia, poh, lesa”.
Emilio dio un salto y corrió a la cocina a comer. Lo escuché masticar cronch, cronch y me fui a mi escondite secreto. Como a los cinco minutos apareció Carrito. Estaba muy triste porque se había enterado que habían botado a cinco gatitos en un basurero, en una ciudad llamada Arica. Planificamos la manera de rescatarlos, pero entonces apareció Emilio, cubierto con su poncho guácala.
“Emi, yo rescataré a los pancitos, para eso tengo un poncho mágico”.
Ignoramos a Emilio y seguimos con nuestro plan. Una hora después ya teníamos todo organizado. Viajaríamos a Arica en bicicleta, solo nos faltaba conseguir una bicicleta y aprender a andar en ella. Poca cosa. Estaba todo listo cuando volvió Emilio.
“No es necesario que compren una bici, porque ya traje a los pancitos”.
Emilio levantó su poncho y dejó salir a cinco pancitos, todos cochinos.
“Miu”, dijeron los pancitos.
“Los trae de Arica en mi pocho mágico”, dijo Emilio, “síganme panes, les enseñaré a comer papel”.
Carrito me dijo que efectivamente aquellos eran los pancitos que había visto en el faceboook de mi humana. Los pancitos de Arica, ¿pero cómo los había traído Emilio?.
“Quizás los trajo en bicicleta”, dijo Carrito.
“Mmm”, le respondí, “no lo creo. Investiguemos”.
Nos fuimos al patio, donde estaba Emilio y los pancitos ariqueños. Ahora Emilio les enseñaba a saltar como canguros.
“Emilio”, dije, “¿cuéntanos cómo es que…”.
No acabé mi frase cuando Emilio dijo: “ayayayay”, y plim, desapareció. Casi me desmayo. Emilio de verdad tenía un poncho mágico. Aunque, la verdad no era tan raro, pues el zapato de Bambina hacía lo mismo, y también era feo y guácala.
Carrito y yo estábamos preocupados porque Emilio no regresaba nunca. Pero a la noche, apareció así, pim.
“Hola hermanos”, dijo Emilio, “se me perdió el poncho. Pero no importa porque traje a muchos gatos, como cien”.
Emilio abrió un canasto del que salieron muchos gatos. No solo pancitos, también viejitos, sin patitas y diez cegatos, como yo. Eran tantos que apenas cabían en nuestra casa, que es chica, de pitufo.
“Te felicito, Emilio, esta es tu buena acción del día, pero, ¿qué vamos a hacer con tantos hermanos nuevos? La casa se llenó, no puedo ni moverme.
“Vamos a tener que hacer un segundo piso”, dijo Emilio y partió con todos sus rescatados a conseguir cola fría y palitos de helado.
Ojalá que el segundo piso de Emilio no se derrumbe. Lo que es yo, espero con ansias que nuestro sueño de construir el “Santuario Emilia” se haga realidad. Así podremos seguir rescatando gatos necesitados en zapatos y ponchos mágicos. ___________________________________

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *