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Un gatito viejo encuentra un hogar

El gatito se llamaba Bolita y era muy viejito. Vivía en el entretecho de una casa y salía a comer por las noches en los basureros. Y como lo habian atropellado cuando chico tenía las patas chuecas y le costaba caminar.
Un día se despertó con hambre pero cuando se levantó a buscar comida, las patitas se le doblaron. Le costaba mucho respirar, le dolía todo y solo se animó a salir cuando fue de noche.
Cuando llegó a las bolsas de basura había varios gatos comiendo. Bolita esperó a que terminaran pero cuando notó que se lo iban a comer todo, pidió que le dejaran un poquito. “No, dijeron los gatos”, y se comieron toda lo que quedaba. Eran gatos muy mal educados. Cuando se fueron, Bolita se quedó mirando las latas vacías. Entonces uno de los gatos regresó y le dijo: “Oye, ¿tienes hambre?, porque hay una casa donde le dan comida a todos los gatos”. Bolita sonrió pero después se puso triste porque él era viejito patas chuecas y pensaba que no lo iban a querer. “No”, le dijo el gato, “en esa casa quieren hasta a los gatos viejos”.
Por la mañana Bolita se dispuso a ir la casa de la que le había hablado el gato. Debía apurarse porque estaba muy enfermo y sabía que no le quedaba mucho tiempo.
En el camino se encontró con unos niños pesados que jugaban con un tarro. “Un gato para patear”, dijo uno de los niños. Bolita huyó, como pudo, de los niños que lo perseguían para meterlo en un saco y milagrosamente se salvó.
Por la tarde siguió buscando la casa de la que le había hablado el gato, pero cada vez estaba más cansado. Caminaba un poquito y se le doblaban las patitas y tenía que refugiarse bajo los árboles para que no le diera el sol.
Se metió a un jardín donde había un plato de comida. Pero apenas acercó la boca al plato, un gran perro pesado lo correteó. Bolita dio un salto y quedó pescado de las cuatro patas en un árbol mientras el perro le ladraba. “Baja”, le decía el perro. “Por favor”, decía Bolita, “yo solo quería comer un poquito”. El perro le ladró hasta cansarse y se fue a acostar. Bolita se bajó del árbol y sigilosamente se acercó al plato del perro y comió los tres granitos que quedaban. “Disculpe, don perro”, dijo Bolita.
Por la noche caminó por la vereda, rompiendo todas las bolsas de basura por si alguna tenía comida, pero no encontró nada. Había adelgazado mucho en esos días y a veces se caía de lo débil que estaba. Pero la casa de la que le habían hablado estaba cerca y debía hacer un último esfuerzo.
Cuando vio la casa abrió su boquita sin dientes y sonrió. Bolita saltó la reja de la casa y entró. El esfuerzo lo había debilitado mucho, pero de todos modos se echó en el pasto, sonriendo, orgulloso de haber llegado a su destino. Estaba feliz pero muy enfermo.
Yo estaba en el balcón cuando sentí a Bolita. Me di cuenta que estaba en el pastito, respirando de forma rara y entonces corrí donde mi humana, para llevarla a rastras al patio. Al ver a Bolita tan enfermo, mi humana lo entró a la casa y lo cubrió con una mantita. Bolita no se movía. Había pasado demasiado tiempo enfermo sin comer nada, como tantos gatos de la calle. De repente Bolita dio un gran respiro, estiró las patas y me tocó la cara. “¿Esta es la casa dónde reciben a los gatos viejitos patas chuecas?”, preguntó. “Sí, amigo”, le dije yo, “es ésta”.
Bienvenido a casa, Bolita.

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