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Un gatito hermoso por dentro y por fuera

Todo el tiempo están llegando nuevos pancitos a mi casa y Horacio es uno de ellos. Apenas entró por la puerta, corrió por el pasillo, maullando no me miren y, de pura casualidad, llegó a la pieza de los cachorros a los que llamo pancitos, que, como ustedes saben, es la habitación más divertida de la casa.

El pequeño Horacio se había escondido dentro del ropero a observar los juegos de los pancitos, sin atreverse a participar en ellos porque le daba vergüenza que lo miraran. Y es que Horacio tiene la nariz diferente a la de los otros gatos, lo que le valió muchas burlas cuando vivía en la calle. Horacio sacudía sus patitas al ver a aquellos pancitos tan graciosos y estaba tan entusiasmado que, sin querer, rodó hacia el centro de la habitación. Sabiendo que estaba a la vista, se cubrió la cara diciendo no me miren. Y se llevó una gran sorpresa pues el pequeño Emilio le arrojó la pelota.

“Ahora te toca a ti”, le dijo Emilio.

Era la primera vez que otro gato lo invitaba a jugar y por eso Horacio pensó que se estaban riendo de él. Pero como no escuchó burlas ni sobrenombres, lanzó la pelota al cielo e hizo lo posible por ser un buen jugador.

Horacio jugó toda la tarde con los pancitos y cuando llegó la hora de dormir, se acostó junto a Emilio y le peguntó:

“¿No me tienen miedo porque son ciegos, verdad?”.

“No”, respondió Emilio, “no te tenemos miedo porque te vemos con el corazón”.

Entonces, el pequeño Horacio se puso tan contento que aleteó como un pajarito seguro de que podría volar. Y los pancitos se rieron, pero de alegría al saber que ya era parte de su pandillita.

Desde aquel día, Horacio ya no siente vergüenza de que le miren la nariz. Sabe que es un pancito como todos los demás, hermoso por dentro y por fuera.

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