El amigo secreto NO ha muerto: 7 Ideas para regalar
5 diciembre, 2018
7 tips para armar el árbol de Navidad
10 diciembre, 2018

Un gatito de trapo

Un día, hace no mucho tiempo, Emilio jugaba con su pelota en el jardín. Su pelota era vieja y estaba rota, pero Emilio la quería mucho, porque era divertida. Y así fue que de tanto jugar, sin querer, la arrojó a la casa de al lado.
—Pucha —maulló Emilio—, pelota porfiada.
Y aunque Emilio no tenía permiso para salir, se coló por un agujerito y entró a la casa vecina para recuperar su pelota.
Aquella casa era muy distinta a la nuestra, pues era pequeña y muy desordenada, llena de sonidos y aromas diferentes.
—Huele a viejito —dijo Emilio.
Y al decir esto, mágicamente su vieja pelota rodó hasta sus patas.
—Ah, que suerte, pelota porfiada. No te vuelvas a escapar, escapona, escalopa.
Con su pelota entre los dientes, el pequeño Emilio se disponía a regresar, cuando de repente, escuchó una voz que decía:
—Despierta, gatito, despierta, no te vayas.
Era una voz muy muy dulce y tan triste que a Emilio se le pusieron los pelos de punta. Con curiosidad gatuna, caminó tímidamente por aquella casa desconocida y entonces se encontró con una señora.
—Despierta —decía la señora—, no te vayas, no te vayas.
La señora, que era muy viejita, acunaba dulcemente un gatito. Pero aquel gatito era de peluche y tal como la pelota de Emilio estaba roto. Por eso la señora estaba triste.
Emilio, sacudiendo nerviosamente las orejas, dijo:
—Señora, es solo un trapito.
Entonces la señora abrió los ojos bien grandes y al ver a Emilio se llevó las manos a la boca.
—Despertaste, pensé que te habías roto.
—Es que soy un gatito muy sano —respondió Emilio.
Siguiendo la voz de la señora, Emilio saltó a sus piernas, para que le hicera cariño.
—Usted es muy simpática —dijo el pequeño.
—Me gusta ser simpática —respondió la señora.
—Oiga —dijo Emilio amasando el pijama de la señora— ,usted puede hablar conmigo.
—Claro, claro.
Lo que Emilio no sabía era que la señora podía hablar con él porque era pura de corazón. Pues como muchos ancianos había vuelto a ser una niña. Por eso comprendía sus palabras.
Mucho rato jugó Emilio con la señora. Ella le mostró sus secretos más preciados, sus viejas fotografías y todas las cosas que había guardado desde que se había vuelto olvidadiza. Y aunque Emilio no podía ver ninguno de estos tesoros, se sintió muy feliz de que se los enseñara.
—Me encantan sus cositas —dijo el pequeño.
Cuando terminaron de jugar, la señora llevó al Emilio a la mesa. Le sirvió un gran plato de leche y el gatito se puso contento porque tenía mucha hambre. Se metió al plato para beberse la leche y cuando se la terminó, se dio cuenta que la señora había servido varios platos más.
—Estoy esperando a que venga mi familia. Ya deben estar por llegar.
A Emilio se le agacharon las orejas y le dio mucha pena, pues aunque era pequeño, sabía que la familia de la señora la había abandonado hacía mucho tiempo.
—Tengo un montón de nietos que siempre vienen a almorzar conmigo.
La señora sonrió dulcemente, observando los platos e imaginando que toda su familia la rodeaba. Entonce Emilio saltó a sus brazos y le hizo cariño en la cara.
—Oiga, abuelita —dijo el pequeño—, ¿qué le parece si vengo a visitarla mañana?
La señora abrió la boca de pura emoción y tocó la nariz del gatito.
—Y puedo traer a los pancitos. Los pancitos son gatos chicos. Y también puedo traer a la Emi.
—Me encantaría —dijo la señora, aplaudiendo.
Entonces Emilio se sacudió la leche que le había quedado en el pelo y jugó con su vieja pelota para que la señora se alegrara. Y así se la pasó todo el día, junto a aquella señora que había vuelto a ser niña para que nunca más volviera a estar sola.
Cuando se hizo de noche y la señora se fue a acostar, Emilio, la cubrió con las frazadas para que no tuviera frío y le puso entre las manos su gatito de peluche roto.
—Hasta mañana, abuelita.
—Hasta mañana, gatito —dijo la señora entre sueños.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *