Lentejas con sabor a casa de la abuela
19/05/2020

Pablita, la pequeña mamá

Yo estaba en mi jardín, tranquilamente, cuando apareció mi nueva hermana Pablita.
—Emi, Emi, Emi —me dijo, muy acelerada—, estoy triste porque se me perdió mi juguete?
—Pero, Pablita, —le dije—, yo pensé que estabas cuidando a tus cachorros.
—Ya, pero es que se me perdió mi juguete.
Sucede que Pablita es una mamá gata, pero muy joven y traviesa, tan traviesa que a veces olvida que debe cuidar a sus pequeños. Muy enojada, la llevé a su caja y entonces me di cuenta de algo terrible: ¡faltaba un cachorro!
—Pablita —maullé—, te falta un cachorro.
—Claro, me falta un juguete, es lo que te estaba diciendo.
Tan inmadura era mi nueva hermana que había creído que sus cachorros eran juguetes. Lo cierto, es que no sacaba nada con explicárselo. Ya llegaría el momento. Por ahora, debía encontrar al bebé perdido.
Me aseguré de que Pablita se quedara con el resto de sus bebés y fui por el que faltaba. Revolví toda la casa y el patio en su búsqueda y cuando ya había perdido todas las esperanzas, lo escuché llorar dentro de un zapato viejo.
Al regresar a la caja, me di cuenta que Pablita no estaba. Así que no tuve más remedio que cuidar a sus cachorros, hasta que su mamá regresara. Pobre Pablita, era tan pequeña que no sabía lo que significa ser una mamá gato.
Procuré darle calor a aquel grupo de cachorros y, sin darme cuenta, me quedé dormida. Y, entonces, bien entrada a madrugada, escuché una voz. Era Pablita, que asomada a su caja, me dijo:
—¿Emi, crees que soy mala?
—No, no creo que seas mala.
—¿Entonces, crees que soy tonta?
—Tampoco.
—Emilia, yo sé que mis cachorros son gatos. No es verdad que crea que son juguetes. Yo los quiero, lo que ocurre es que soy chica y me da miedo hacerles daño.
—Nunca les harás daño.
—Pero es que solo sé jugar.
—¿Te cuento un secreto? Las mamás también pueden jugar.
Al escuchar mis palabras, Pablita no pudo evitar reír. Y entonces sus cachorros despertaron y, aunque eran pequeños como ratones, se sintieron tan alegres de escuchar las risas de su madre, que se asomaron por el borde de la cajita para saludarla.
Entonces ocurrió algo mágico, pues Pablita, los lavó, los peinó y los arrulló. Y sus pequeños se rieron mucho, pues, aunque Pablita no se había dado cuenta, estaba jugando con ellos, al mismo tiempo que los cuidaba.

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