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Los gatos te acompañarán toda la vida.

La señora vivía sola en su pequeña casa y todo el día veía tele y no tenían ningún amigo. Pero una mañana al despertar se encontró con que había un gatito en su cama. Estaba todo cochino y la miraba con sus ojos redondos, ronroneando con ganas. La señora lo dejó en el patio y cerró la ventaba.
A la mañana siguiente el gato estaba de nuevo en su cama, mirándola y amasando la ropa de cama. La señora se rió y le dijo:
—Parece que te quedarás conmigo.
La señora tenía varios hijos pero ninguno la iba a ver porque estaban ocupados. Así que debía hacer sus cosas sola aunque se cansaba mucho. Su gato siempre estaba con ella y cuando la señora terminaba sus quehaceres, se iba a dormir con ella. Jugaban, compartían y se cuidaban el uno al otro porque eran una familia.
Un día, la señora amaneció con muchos dolores y fue al doctor. El doctor le hizo esas cosas llamadas exámenes y le dijo que debía quedarse en el hospital porque estaba muy enferma.
—No puedo quedarme en el hospital porque debo cuidar a mi gato —le dijo la señora.
La señora regresó a su casa. Hizo sus cosas como siempre y cuando llegó la noche se acostó con su gato.
—Hoy fui al doctor —le dijo —, y resulta que estoy súper bien.
El gatito la miró ladeando la cabeza porque sabía que la señora mentía. Así todo, la amasó, le ronroneó y durmió con ella como todas las noches.
La señora cada día se ponía peor. Se sentía mal, le dolía todo y a veces no podía levantarse. Pero el gatito nunca la dejaba, aunque a veces la señora estuviera tan débil que no pudiera ni siquiera salir a comprarle comida.
Pasaron los meses y un día la señora, que se había puesto flaquita, salió de casa y se tropezó. Nadie la vio, sólo el gatito que corrió a lavarle la cara para despertarla.
—Arriba —le decía en idioma de gato—, arriba, arriba.
La señora abrió los ojos y con mucho esfuerzo regresó a su pieza. Y entonces se quedó dormida.
Estuvo muchos días en cama sin abrir los ojos, con fiebre. Y su gato, que se había puesto flaquito como ella, no se movía de su lado. La lavaba, le mordía los dedos despacito para que despertara y hasta le mojó la cara con el agua de su plato.
—Te pondrás bien, mamá— le decía.
Pero la señora seguía enferma.
Una noche la señora se puso tan mal que el gatito se asustó y se puso a correr por la pieza, maullando con pena. No sabía qué hacer, estaba desesperado. Entonces miró por la ventana a la luna y le dijo:
—Señora redonda del cielo, yo haría cualquier cosa por mi mamá.
Entonces la luna, que es una señora de aquel color que llaman blanco, brilló mucho y lo iluminó…
El gatito, siguiendo el consejo de la señora Luna, se acostó sobre el pecho de su humana. La amasó sin parar, con la cara pegada a sus mejillas y no durmió en toda la noche, hasta que los micobrios de la señora se fueron.
Por la mañana la señora despertó. Se puso de pie y sintió que sus piernas estaban fuertes. Se sentía mucho mejor, como si le hubieran dado un remedio mágico.
—Estoy bien —le dijo al gatito —, estoy bien.
Y casi corriendo fue a la cocina a buscarle comida. El gatito estaba a los pies de la cama y ronroneaba despacito. No quiso probar su comida y se quedó mirando a la señora con sus ojos redondos, muy feliz de verla bien. La señora le hizo cariño.
—¿Qué te pasa?
El gatito entonces estiró las patas y le tocó las manos, sonriéndole. Se estiró todo lo que pudo y entonces se quedó quietecito, quetecito y se durmió. La señora lo abrazó muy fuerte y lo besó. Con el gatito en brazos se asomó a la ventana y con la cara mojada miró aquel día que estaba naciendo y se quedó ahí sin soltarlo hasta que se hizo de noche.

 

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