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Las vacaciones y el amor

Este verano salimos de vacaciones. Fueron días muy entretenidos. Nos alojamos en una cabaña muy bonita y lo pasamos superbien.
Una noche yo estaba asomada en la ventana cuando de pronto pasó una polilla. Salté para jugar con ella, pero con tan mala suerte me caí y quedé enganchada de una pata. Maullé, pero mi humana se había puesto sus tapones en las orejas y el enano no se despierta nunca, porque es dormilón. Me dolía mucho la pata y estaba a punto de llorar, cuando alguien me desenredó. Ay, maullé y caí fuera de la cabaña.
El que me había rescatado era un gato. Era de mi porte y tenía mi edad, aunque hablaba como gato aventurero.
—Gracias —le dije—. Ya me dolía la patita. Yo me llamo Emilia, ¿tú cómo te llamas?
—Me llamo Colorín. Oye, ¿no tienes ojos?
—No, porque se los comieron los microbios.
Colorín dijo hummm y entonces trepó hasta la copa más alta de un árbol.
—Oye, Emilia, ¿quieres venir acá arriba?
Le expliqué que no me dejaban salir, pero Colorín me dijo que no pasaría nada. Así que trepé al arbolito.
—¿Sabes? —dijo—, me subo a este árbol cada noche para mirar las estrellas. Lo que pasa es que mi humano tiene una cosa llamada telescopio y yo soy igual que él, un telescopiador.
Entonces Colorín, que hablaba muy bonito, como grande, me contó cómo eran la luna, las estrellas y todas las cosas que brillan en el cielo. Cuando amaneció, bajamos del árbol. Me metí por la ventana sin hacer ruido y entonces apareció Emilio. Olía a huevo, porque había estado comiendo huevo, y golpeaba el suelo con la pata enojado.
—¿Dónde andabas, Emilia-buena-para-salir? —me preguntó.
—En ninguna parte, enanito.
Le di un besito de nariz y en puntas de pie me acosté con mi humana, aunque no pude dormir pensando en todo lo que Colorín me contó.
Estuve toda la tarde esperándolo en la ventana, pero mi amigo no llegó sino hasta la noche.
—Hola, Emilia. ¿Vienes?
Saqué una pata por la ventana y me dejé caer. Rodé por el suelo medio asustada, pero Colorín me atajó y me hizo cosquillas y me reí.
—Ven, Emilia, te tengo una sorpresa.
Seguimos un caminito y llegamos a un lugar lleno de diferentes aromas y de sonidos muy lindos. Estábamos a los pies de un arroyo.
—Emilia, ¿te acuerdas de que anoche te hablé del cielo? Bueno, como tú no puedes verlo, quería enseñarte cómo es. El cielo es de color azul.
—¿Y cómo es el azul?
—¡Así! —Colorín me tomó las patas y me las metió en el arroyo.
—Está frío —dije.
—Sí, y así es el azul, es un color frío, pero es bonito porque ahí viven las estrellas
—¿Y cómo son las estrellas?
Colorín me hizo tocar una de esas florecitas que se deshacen al tacto y que vuelan por todos lados.
—Son así, son como estas flores, igualitas.
El resto de la noche mi amigo me enseñó a ver los colores y las formas con las patas y con cada nueva cosa que me enseñaba, más feliz me sentía.
—Eres muy linda, Emilia —me dijo Colorín, mientras me tenía sujeta las patas.
Abrí la boca muerta de vergüenza y le dije que era un pesado. Regresé a la cabaña, corriendo, y me cubrí con las mantitas de mi humana hasta a cabeza.
—Emi —dijo Emilio, medio dormido
—¿Qué pasa, enano?
—Te voy a acusar.
El enano se dio vuelta y se puso a roncar.

Ese día anduve muy tonta. Me la pasé lavándome y pensando en las cosas que me había enseñado Colorín. Me colgué campanitas al cuello imaginando cómo me veía y casi no comí. Por la tarde, mientras pajaroneaba, rasguñaron la ventana y corrí a esconderme en el baño. Emilio me siguió y me dijo:
—Emi, te busca tu novio, ¿le digo qué estás escondida porque estás enamorada?
Me enojé con el enano, pero igual corrí a la ventana y, medio avergonzada, saludé a Colorín.
—¿Emilia, estás enojada?
—No, no lo estoy.
—Pero es que te fuiste corriendo. Oye, ¿tu hermano es loco?
—Sí, un poco.
—Emilia, vengo a despedirme. Es que mi humano está haciendo las maletas para regresar a Santiago y ya guardó su telescopio.
Se me subió una bola de pelos y abrí la boca sin saber qué decir. Tenía vergüenza y pena porque sabía que extrañaría a mi nuevo amigo, que me había enseñado cómo era el cielo y la naturaleza. Estaba triste, pero entonces, mientras Colorín buscaba palabras para disculparse por irse, estiré la cabeza y, no sé por qué, le di un beso de nariz. Colorín se quedó helado, pero después se rio un poquito y me dijo:
—Emilia, me encantó conocerte. Seguro nos encontraremos el año que viene. Pero mientras tanto recuérdame cada vez que toques el agua o las flores o sientas volar las polillas.
Toqué la cara de mi amigo para saber cómo era… Era lindo y su sonrisa era grande como la luna.
—Adiós, Colorín, nos encontramos el año que viene.
Y entonces mi amigo se fue haciendo sonar sus patitas sobre el pasto

1 Comment

  1. Marcia Arroyo dice:

    Qué hermosas historias de Emilia … Me encantan.

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