La mamá y los gatitos dormilones

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La mamá y los gatitos dormilones

—Mira mamá, me mojaron —dijo el pequeño.
El gatito se puso a saltar con sus cuatro patas y se sacudió mientras reía para mojar a sus hermanos también, es que le parecía muy divertido que lo mojaran pero cuando su mamá se dio cuenta agitó la cola para que sus cachorros la siguieran de inmediato.
—¿A dónde vamos mamá? —le preguntó el pequeño emocionado
—A un lugar más bonito
—¿En serio? —preguntó el pequeño y se dio una vuelta de carnero de la felicidad que sintió— Wiii, una nueva casa. ¿Y me van a mojar?
—Espero que no —le respondió su mamá.

Su nueva casa estaba quedaba al otro lado de la pandereta, era un patio reseco lleno de basura y malezas, de esas malezas que picaban. Al verlo el pequeño le dijo a su mamá:

—Esta casa no es muy bonita
—Claro que sí­ —le dijo su mamá.
Y con la boca lo empujó entre las malezas para que jugara. Pronto, el pequeño le encontró el gusto a aquel nuevo lugar, jugó con sus hermanos a rodar y a morderse la cola, no le importó estar picoso. Su mamá miró a sus cachorros sonriendo y cuando se hizo de noche se puso de costado para que tomaran leche. Cuando todos los gatitos se durmieron el pequeño le preguntó:
—¿Mamá, por qué no duermes?
—Porque no tengo sueño -entonces le puso una patita en la cabeza y lo hizo dormir con arrullos.
El pequeño se puso a roncar y su mamá lo cubrió con una plantita picosa. Hací­a dí­as que no dormí­a y estaba muerta de sueño pero debí­a estar alerta por si los volví­an a echar.

Al amanecer salió a buscar comida en el techo de aquella casa encontró un pan duro que mordisqueó hasta sacarle miguitas, no le gustaba mucho pero estaba dispuesta a comérselo entero, estaba en ese cuando vio al señor.
El señor regaba su feo jardí­n y tení­a arrinconado al pequeño entre las malezas. La mamá saltó para rescatarlo, mordió la manguera, le gruñó al señor y corrió agitando la cola para que sus otros gatitos la siguieran.
—Mamá, mamá —le dijo el pequeño—, me porté mal.
—¿Por qué? —le preguntó su mamá.
—Porque me mojaron de nuevo.
Durante toda la tarde buscaron otro refugio, se metieron bajo un vehí­culo viejo, se escondieron tras unos tarros y también en un jardí­n, pero de todas partes los corrieron con mangueras. Su mamá los reunió bajo un arbolito que daba a la calle, los abrazó bien para que no se movieran y les dijo que durmieran. Los pequeños levantaron las orejas y cerraron los ojos pero a media noche, el pequeño le dijo a su mamá:
—¿Mamá, estás durmiendo?
—No.
—Ah, es que estaba pensando que serí­a bueno encontrar una casa sin manguera.
—Yo creo lo mismo.
—Sí­, porque ya no me gusta tanto el agua. Pero la verdad, no creo que encontremos una casa.
—No digas eso, la encontraremos y será una hermosa casa, donde podrán jugar sin que los echen.
—¿En serio?
—Sí­, una casa para estar tranquilos y ser felices. Ahora, a dormir.
—No —dijo el pequeño.
—¿Cómo que no? El pequeño abrió los brazos y estornudando le dijo a su mamá:
—Es que tu nunca duermes para cuidarnos, así­ que nosotros tampoco dormiremos.

Todos los gatitos abrieron los ojos y saltaron sobre el cuello de su mamá, muertos de la risa. Esa noche hizo mucho frí­o, pasaron vehí­culos que hicieron sonar el piso, ladraron perros y unos humanos voltearon basureros. Pasaron muchas cosas peligrosas, pero los gatitos no lloraron. Se mantuvieron junto a su mamá para cuidarla y ella no los soltó. Fueron valientes y se protegieron. Y entonces, en la mañana, cuando ya no podí­an mantenerse despiertos, un humano cariñoso los encontró y los llevó a mi casa.
—Hola —les dije a los gatitos cuando llegaron —me llamo Emilia.
La mamá y los gatitos miraron hacia todos lados buscando algún peligro. Pero como no hay ningún peligro en mi casa se metieron en mi escondite secreto y ahora duermen tranquilos. Yo no sé a qué hora irán a despertar pero estoy feliz porque ya no tienen de qué preocuparse. Duermen, duermen y ni siquiera despiertan con las locuras de Emilio. Estoy impresionada, pero los entiendo: Es la primera vez que pueden descansar de verdad.

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