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La esperanza del gatito

Me gusta ir a las jornadas de adopción de Fundación Adopta. Es una ocasión especial porque es cuando mis hermanos encuentran familias con las que ser felices. Hoy me avisaron que habría una jornada de adopción y partí a despedir a mis hermanos.
Había muchas familias jugando con los gatos del albergue, los que hacían muchas gracias para ser elegidos. Saltaban, corrían, se acostaban de espaldas y ronroneaban muy fuerte. Primero adoptaron a un gato pequeño, luego a uno grande y después a uno viejito.
“Adiós hermanos”, les decía yo, dándoles besos de nariz, “sean muy felices en sus nuevas casas”.
“Adiós Emilia”, respondía ellos.
Que buena tarde había sido aquella. Me sentía muy satisfecha porque se habían ido todos los gatos que asistieron a la jornada. O eso es lo que pensaba yo, porque en el fondo del patio todavía había una jaula con un gato que hacía gracias. Que simpático era aquel gatito. Corrí con él y le dije:
“Amigo, a tu nueva familia se le olvidó llevarte”.
“No”, me respondió él, “no me han elegido aún, pero esta vez sí, esta vez sí”.
El gato no se había dado cuenta que todos los humanos se habían ido y por eso continuaba haciendo gracias.
“Amigo”, le dije, “ya se fueron todos, pero para la próxima vez…”.
En ese mismo instante el gatito dejó de jugar.
“Noooo”, maulló haciéndose una bolita, “nadie me quiere, salgo bien en las fotos y soy muy simpático, pero nadie me quiere. Debe ser porque tengo un nombre muy feo”.
“¿Y cómo te llamas?”.
“Me llamo Leucemia”.
“¿En serio?”.
“Sí, porque cada vez que hablan de mi dicen leucemia, leucemia esto, leucemia esto otro. Por eso digo que me llamo Leucemia”.
Abrí la jaula con la pata, entré en ella, sujeté la cabeza del gatito y le lavé la cara.
“No llores, amigo, tú no te llamas Leucemia”.
“¿Ah, no, y cómo me llamo?”.
“¿Cómo quieres llamarte?”.
“Bueno, cuando hablan de mi dicen mucho veterinario. Podría llamarme veterinario”.
“No, ese nombre es raro. ¿Qué tal si te llamas Saltarín”.
“Me gusta, porque soy bueno para saltar. Me canso pero me gusta”.
“Entonces, Saltarín, prepara tus cosas porque te vienes para mi casa”.
“¿Me vas a adoptar?
“No, porque no soy humano. Pero la próxima semana vendremos juntos a la jornada de adopción. Quizás no te adopten ese día, pero regresaremos las veces que sea necesario”.
Mi amigo saltó alegremente dentro de la jaula y continuó haciendo gracias, durante todo el camino a mi casa, muerto de la risa, pues sabe que muy pronto será adoptado.
Uno no deja de lado a los seres con alguna enfermedad, sean humanos o animales, pues son los que más necesitan de apoyo. Cuando decidan adoptar, no los olviden; ellos pueden entregar mucho amor.

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