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Filipa y los niños sin hogar

Un día, Filipa la huerfanita, se puso a caminar y, sin darse cuenta, se encontró en un gran edificio donde había muchos niños jugando. “¿Dónde estoy?, se preguntó. Y entonces, una niñita la tomó con sus manitas y la llevó a su habitación.
Ahí había otros niños pequeños que esperaban que sus papás los vinieran a buscar. Así que al ver a Filipa la consideraron una de ellos. Y a ninguno le importó que no tuviera ojos, pues los niños nunca juzgan por las apariencias.
Con las ropas de su única muñeca, la niñita armó una cama para Filipa y dejó que durmiera con ella. A escondidas, le convidó leche de su mamadera y cada vez que Filipa deseó ir al baño la sacó al patio.
Eran muy felices, jugaban, reían y se acompañaban, pero un día la directora del hogar vio a Filipa. “Aquí está prohibido tener gatos”, dijo. Y fue a buscar una bolsa para botar a la gatita.
Desesperada, la niñita se guardó a Filipa en el bolsillo de su delantal y se ocultó en el ropero. “Shhh”, le dijo a Filipa, mientras la directora desordenaba el cuarto en busca de la gatita, “shhh”. Pero Filipa era tan desobediente que se puso a maullar para salir del bolsillo de la niña.
Filipa desordenó la ropa del ropero y dejó al descubierto un agujero que había en el piso y por ahí se metió. “No te vayas”, dijo la niña. Y entonces metió su cabeza por el agujero que mágicamente se agrandó.
La niña abrazó a Filipa, pues estaban atravesando un túnel, por el que viajaron durante muchos minutos. Y aunque no sabían dónde estaban se mantuvieron unidas y fueron valientes.
Al final del túnel había una luz y un jardín con colores que Filipa imaginó. Y entre las flores había un gatito anaranjado, igual a ella. Era mi hermano.
Al ver a Emilio tan feliz, la niña abrió las manos y le dijo a Filipa: “Ve con el gatito. Cuando mis papás regresen te vendré a visitar”.
Y aunque sintió mucha pena, no lloró porque sabía que Filipa tendría por fin un hogar.

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