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Emilio y su curioso amigo

Mi humana se llevó a Emilio a pasar el fin de semana a una cabaña en el bosque. Era una cabaña pequeñita que estaba junto a un lago y bajo dos enormes árboles. Emilio estaba muy feliz, pero pronto se aburrió porque estaba solo.
—Pucha —se dijo a si mismo—, aquí no hay nadie con quien jugar.
Emilio recorrió la cabaña pero no encontró nada interesante qué hacer. Y entonces se sentó en el marco de la ventana a escuchar el sonido del lago. De pronto, a lo lejos, escuchó una voz pequeñita.
—Ayuda —decía la voz, ayuda.
Emilio paró las orejas y muy pronto localizó al pequeño que pedía ayuda. Aquel pequeño estaba en uno de los grandes árboles que cubrían la cabaña.
—Yo te salvaré —dijo Emilio.
Rápidamente, mi hermano trepó por el árbol y encontró al pequeño que estaba atrapado entre las ramas. Con mucho cuidado lo desenredó y cuando estuvieron en el suelo, Emilio dijo:
—Hola, te salvé. Yo me llamo Emilio, ¿y tú?
El pequeño dijo su nombre.
—Ah, Ramiro —dijo Emilio­, que bueno, ven a jugar a mi cabaña.
Y así fue que tomados de las patas, Emilio y su nuevo amigo entraron a la cabaña.
—¿Te gusta mi cabaña? —preguntó Emilio—. La compró mi humana, o se la prestaron, no sé.
—Sí, me gusta —dijo Ramiro —pero me duele un poquito mi ala.
Emilio levantó las orejas y corrió a buscar vendas con las que curó el ala de Ramiro.
—Gracias —dijo Ramiro.
—De nada, ahora juguemos.
Los pequeños saltaron como conejos por toda la cabaña. Emilio impulsándose con los cojines de las patas y Ramiro con el ala lastimada. La revolvieron mucho. Botaron maceteros, se colgaron de las cortinas y rompieron el papel higiénico. Y cuando terminaron de jugar se escondieron bajo la mesa, cubriéndose la boca, para que mi humana, que dormía, no los escuchara reír.
—¿Tienes hambre? —preguntó Emilio—, porque yo tengo harta hambrita.
—No tengo hambre —dijo Ramiro—, tengo sed.
Emilio llevó a Ramiro a la cocina y le enseñó su plato de agua.
—Agua —reclamó Ramiro—, no tomo agua, guácala, qué asco.
—¿En serio? —dijo Emilio—, a mi me gusta mucho el agua.
Emilio se bebió toda el agua de su plato. Quedó súper panzón y se acostó de espaldas en el suelo.
—Oye, Ramiro —dijo Emilio—, ¿por qué no te quedas a vivir con nosotros?
—Es que no puedo porque mis papás no me dejan.
—Ah, bu, pero ven a visitarme. Pero de día porque de noche mi humana duerme.
—Es que yo duermo de día.
—Flojo —maulló Emilio.
Los amigos rieron y volvieron a jugar, tan alegremente, que no se dieron ni cuenta cuando llegó la madrugada.
—Oh —dijo Ramiro, de repente—, va a salir el sol, va a salir el sol, me van a retar.
Y sin despedirse de Emilio, saltó por la ventana.


Emilio esperó a que Ramiro regresara a jugar, pero su amigo no apareció en todo el día. De noche, cuando Emilio había perdido todas las esperanzas, Ramiro rasguñó la ventana.
—Emilio —dijo Ramiro—, ábreme, volví.
Emilio, muy feliz, corrió a abrirle la ventana a su amigo.
—Tienes que invitarme a pasar— dijo Ramiro.
—Ah, pero que leso, para qué te voy a invitar si eres mi amigo.
—Es que si no me invitas no puedo pasar.
—¿Y por qué no?
—¿Cómo que por qué no? Si ya te dije que soy un vampiro.
—Ah, yo pensé que te llamabas Ramiro. Bueno, pasa.
El pequeño vampiro extendió las alas y enseñó sus colmillos, pero lo hizo de broma, porque era un vampiro bueno.
—¿No te doy miedo, Emilio?
Emilio levantó las orejas para sentir los aleteos de su amigo:
—No, no mucho.
—Que bueno, porque yo le doy miedo a todo el mundo, por eso nadie quiere ser mi amigo.
—Yo soy tu amigo.
Emilio y el vampiro chocaron las patas.
Ahora Emilio tiene un amigo vampiro. Tiene alas y largos colmillos, pero es un vampiro bebé y por eso a Emilio no le da miedo.

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