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Emilio y los gatitos de la bolsa

Hoy, por la mañana, corría mucho viento y todos nos acostamos para evitar el frío. Menos Emilio que, a escondidas, salió al patio a jugar con las hojas que el viento desordenaba. Estaba muy contento. Y como es loco, se las arregló para saltar la pandereta.
Sin darse cuenta, llegó a una plaza y, cuando menos se lo esperaba, se puso a llover. Emilio corrió asustado, buscando un refugio, que encontró bajo un resbalín.
—Ah, que bien —dijo Emilio.
Y entonces alguien dijo Miu.
Era un gatito que estaba junto al resbalin, quietecito y todo mojado.
—Oye, leso —le dijo Emilio—, no te mojes.
Y del cogote metió al gatito bajo el resbalín.
—Que eres tonto —le dijo Emilio—, no hay que mojarse, hay que meterse bajo el resbalín.
El gatito lo miró y estiró las patitas.
—Mamá —le dijo.
—Ay, no soy tu mamá —le dijo Emilio.
Y entonces otro gatito dijo Miu. Era un gatito panzón y estaba parado justo donde había estado el anterior.
—Ay que son lesos ustedes —maulló Emilio y trajo al segundo gatito bajo el resbalín.
Emilio lo secó y lo lavó. Y después maulló otro gatito. Y otro y otro más. En total había cinco gatitos pajaroneando bajo la lluvia y Emilio los recogió a todos, poniéndolos a resguardo de la lluvia.
Todos los pancitos estaban felices con Emilio. Le labavan las orejas en agradecimiento por haberlos salvado y le decían mamá. Y Emilio estaba muy orgulloso de su buena obra, cuando de repente, el rebalín se inundó.
—Aaaaah— dijo el enano—, se van a resfriar. Yo los salvaré, pequeños enanos.
Emilio no tenía ningún plan, pero estaba empeñado en que los pancitos no se refriaran. Salió con ellos hacia el exterior, pero entonces el viento los echó hacia atrás. Estaban bajo un temporal de viento y lluvia.
Las ramas de los árboles volaban a ras de suelo y hacía tanto frío que los enanos temblaban. No, decía el enano, sale viento pesado. Pero el viento no se calmaba, es más, parecía enojarse más con los regaños de Emilio. Sin saber qué hacer, el enano abrazó a los pancitos y los seis tambalearon bajo aquel viento feroz.
—Mamamammá —decían los pancitos—, sálvanos.
—Yo no soy su mamá —decía Emilio—, pero los salvaré.
Entonces una bolsa llegó revoloteando y chocó con los pancitos. Ay, bolsa fea, dijo Emilio. Y al intentar quitársela de encima tuvo una super idea genial. Desenrolló la bolsa y le dijo a los pancitos que soplaran.
La bolsa se elevó y aquel club de enanitos salió volando por encima de los techos de la ciudad. Wuiii, decían los enanos y abrazaban a Emilio, lavándole la cara. Los pancitos estaban contentos. Emilio, al contrario, estaba muy asustado pues era responsable de aquellos pequeños que se había encontrado. Los abrazó bien fuerte y les dijo:
—Debemos encontrar mi casa.
—¿Y cómo es tu casa? —preguntaron los pancitos.
—No sé. Sólo sé que es hora de once así que huele a pancito con palta.
Los gatitos aguzaron la nariz y cuando olieron pancito caliente con palta dijeron:
—Ahí, mamá Emilio.
E, inflando los cachetes, se hicieron más pesados y se dejaron caer.
Pero cayeron en la casa de la vecina y tuvieron que salir corriendo.
Después de varios intentos encontraron nuestra casa y se metieron por la ventana.
—Wuiii, pancito con palta —maullaron los gatos chicos y corrieron a la cocina.
Emilio fue el último en entrar a la casa:
—Hola Emi —me dijo tranquilamente y se fue tras los pancitos para enseñarles la casa.
Ahora Emilio está super resfriado por haber salido de casa sin permiso en un día de lluvia. Pero no importa porque se encontró a cinco pancitos. Cinco pancitos que llegaron en una bolsita. Por eso les decimos pancitos bolsita.

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