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EMILIO Y EL JARDÍN DE LOS SUEÑOS

—Hola, Emi —me dijo el enano— ¿Quieres venir a jugar?

Yo estaba durmiendo, pero me estiré y toqué la carita del enano: redondita y hermosa, limpiecita como siempre. Y es que mi hermano se lava todo el día.

 

—Vamos, enano —le respondí.

Lo seguí al patio, medio dormida, y de pronto me di cuenta de que el enano no estaba.

—¿Adónde te metiste, Emilio?
—Estoy aquí, aquí, te tengo una sorpresita, camina un poquito más a la derecha.

 

Seguí sus indicaciones, con la nariz bien parada.

—Enano, deja de esconderte.
—Es que estoy aquí, Emi, estoy aquí mismo, ¿cómo no te das cuenta?

 

La voz del enano se escuchaba en todas partes, pero yo no podía encontrarlo.

—Ya voy, enano, pero si es una broma, te prometo que me voy a enojar.
—No es una broma, ji, ji, ji, te lo prometo, Emi, no es una broma.

 

Caminé hasta el final del patio, más allá del jardín de la Oli, y entonces choqué con la pandereta del vecino. Se me subió una bola de pelos por la garganta porque el enano se había pasado al otro lado.

 

Muy enojada le dije:

—Enano, regresa ahora mismo para que te de pataditas en la guata.
—Emi, estoy aquí con toda la pandilla, si no vienes te vas a perder mi sorpresa. Emi, cuando te diga salta, salta. ¿Ya? A la una, a las dos y a las tres: ¡salta!

 

No sacaba nada con discutir. Le hice caso y salté. Y entonces pasé al otro lado de la pandereta.

—Ahora sí, enano, ahora sí que te reto.

 

Estaba dispuesta a darle pataditas en la guata, pero, de repente, se me pasó el enojo y el corazón se me infló con alegría.

—Enano, qué entretenido es aquí.
—Así es, Emi, ven, corre por el caminito de hojas.

 

Seguí aquel camino, cuidadosamente en puntas de pie, y entonces escuché un río.

—Emilio, ¿dónde estamos?
—En un jardín, es un jardín bonito y tiene un río.

 

Emilio tenía razón, había un río. No solo eso, también había árboles altos y pajaritos que cantaban felices en sus copas.

—Hola, Emi —me dijo Carrito—, me curé de las patitas, puedo correr.

 

Carrito también estaba en ese jardín y era verdad, ahora tenía patitas y corría y trepaba por los árboles.

—Me encanta este lugar, Emi.
—A mí también, hermano.

 

Le di un beso de nariz a Carrito y corrí por el caminito. Corrí tan rápido que, de puro loca, metí las patas en el río.

—Ay, enano, me mojé y todo por tu culpa, ahora me voy a enfermar.

 

Me dio mucha pena, porque se me llenaría la nariz de mocos. Pero, al contrario, en vez de enfermarme, sentí el olor del campo, de la naturaleza, de los árboles y de aquel hermoso río.

—Enano, ¡no tengo mocos!
—Sí, pos, Emi. Este jardín es mágico.
—Qué lindo, pero tú, Emilio, ¿dónde estás?
—Ya te dije que aquí mismo.

 

Me puse a jugar y a correr sintiendo el aroma de todo aquel jardín que estaba justo detrás de mi casa. Me revolqué entre las hojitas con Carrito, que corría para que lo escuchara, y jugué con Bambina, que bailaba en su zapato diciendo ¡Emi, Emi, Emi!

 

Seguí jugando en aquel lugar mágico con todos mis hermanos: Camilo, los pancitos, Olivia, Avenido, Amelia y con tantos, tantos amigos que habían partido.

 

Cuando se hizo de noche, le dije a Emilio:

 

—Enano, ya, sal de tu escondite y ven con nosotros.
—Es que no puedo, Emi.
—¿Pero por qué?
—Porque, Emi, ¿cómo no te has dado cuenta? Estás en mi sueño. Yo los invité a todos a jugar a mi sueño. Porque en mis sueños todos son felices y no tienen micobrios.
—¿En serio?
—Sí, te lo juro. Te lo voy a demostrar.

 

Emilio sopló y todas las hojitas de aquel jardín flotaron haciendo círculos en el cielo. Y aquello fue tan loco que nos pusimos a reír. Y entonces, pasó algo más loco todavía: nosotros también flotamos, dando vueltas junto a las hojitas.

 

—¿Te gusta estar en mi sueño, Emi?
—Me encanta
—Pues ven cuando quieras, Emi. Todos están invitados.

 

Volamos tomados de las patas, pues en el jardín de los sueños de Emilio, todo es posible.

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