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Emilio nos enseña a mirar con los ojos del corazón

Emilio estaba en el patio jugando con una pelota cuando se le apareció un hada. Tenía una larga varita de cristal y lo mejor de todo, es que Emilio podía verla.
“Emilio”, dijo el hada, “he venido desde muy lejos para encomendarte tres misiones”.
“Ah, pucha”, dijo Emilio, con su pelota entre las patas, “yo pensé que me iba a conceder tres deseos. Pero bueno, hadita, dígame”.
“Tu primera misión es rescatar a un gato recién nacido que acaban de botar”.
“¿Y dónde está el gatito?”, dijo Emilio sacudiendo las orejas.
El hada agitó su varita e hizo que Emilio apareciera en un feo basural.
“Está por aquí, Emilio, ahora debes buscarlo”.
Emilio agitó sus patitas y corrió entre la basura hasta encontrar a aquel cachorro al que habían arrojado en una maleta vieja. Muy contento le dijo:
“Te encontré, pancito”.
Recogió al pequeño y llamó al hada para que lo viniera a buscar.
“Has cumplido tu primera misión”, dijo el hada, “ahora que el gatito está a salvo, te diré que tu segunda misión es salvar a un perrito que está a punto de ser atropellado”.
El hada sacudió su varita y esta vez Emilio apareció en una carretera transitada por muchos autos.
“¿Dónde estás perrito?”, maulló Emilio.
“Aquí”, respondió el perrito, “los autos pasan a mi lado y tengo demasiado miedo para moverme”.
El pequeño Emilio corrió valientemente en dirección al perrito, guiándose por su olfato, y de la pata lo llevó a la vereda.
Ahora que el perrito estaba a salvo, el hada regresó. Sonrió dulcemente a Emilio y lo llevó a una humilde cabaña de madera, para que cumpliera su tercera misión.
“¿Qué hay dentro de la casita, preguntó Emilio, un conejo?”
“No, Emilio, es un niño muy parecido a ti, solo que está triste porque no tiene amigos”.
“Pobrecito”, dijo Emilio.
Sin que el hada se lo pidiera, Emilio entró a la cabaña y dejó su pelota a los pies del niño. El niño se preguntó quién le habría dado aquel regalo y al advertir la presencia del gatito, estiró las manos para tocarle los ojos.
“Oh, tú también eres ciego”, le dijo el niño
Emilio saltó a los hombros del niño y le escarbó el cabello con la nariz. Muerto de risa, el niño acarició a su nuevo amigo y fue así que jugaron toda la noche, imaginando formas y colores. Cuando el hada regresó, los encontró durmiendo sobre la alfombra, rodeados de juguetes. Satisfecha, el hada se deshizo en una lluvia de cristales cuya luz guiaría sus caminos para siempre.

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