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Emilio enamorado

Ayer vino de visita una amiga de mi humana. Es una señora que siempre rescata gatos que lleva al vetedinario. Ahora venía con una gatita que olía a talco. Y como no la conocía fui a saludarla. “Hola”, le dije a la gatita, “¿te vienes a vivir con nosotros?”. La gatita estaba en la jaula de transporte y se lavaba mucho. “No”, me dijo, “estamos de paso”. Conversé un rato con la gatita. Era muy simpática y durante todo el rato no paró de lavarse.
Cuando se fue, me fui al balcón a tomar el fresquito y me encontré con Emilio. Estaba ronroneando solo y se revolcaba entre las hojitas. Parecía que se había vuelto loco. “Hola, Emi”, me dijo, “¿cuando viene de nuevo la gatita?”. “Me dijo que volvía en la semana”, le respondí. Entonces Emilio dijo ahhh, y saltó entre las hojitas como un venadito y después se cayó pero se puso a reír. “Es muy bonita la gatita”, me dijo. “¿Y cómo sabes tú que es bonita?”, le pregunté. “Porque huele a bonita”, me dijo Emilio.
Al día siguiente me levanté muy temprano a hacer mis cosas. Ya se me había olvidado que Emilio andaba loco, por eso me sorprendí cuando lo escuché dar saltitos. “Emi, Emi”, me dijo, “¿me veo lindo?”. “¿Y cómo voy a saber si no veo?”, le dije, “¿por qué me preguntas?”. Emilio se puso las patas en la cara y suspiró. “Es que tengo una cintita”. Le toqué las orejas y me di cuenta que efectivamente tenía una cintita terminada en una gran rosa. “Por eso me veo lindo”, dijo Emilio, “aunque todos se rían de mi me veo lindo”. Yo le iba a decir algo pero Emilio cantó Lalalalá y se fue dando brinquitos.
Me fui a la cocina y me encontré con Bambina, que había venido de visita. La loquilla jugaba con un papelito que se le metía bajo el refrigerador y luego sacaba con sus patitas. “Oye”, le dije, “¿sabes por qué Emilio anda con una cintita en el pelo?”. Cuando le dije esto, Bambina se puso a reír tanto que se cayó al suelo. “Yo le dije que se la pusiera”, me dijo, “lo que pasa es que Emilio quería verse lindo pero se ve chistoso”. Bambina mordió su papelito y me dijo: “¿Es que no te habías dado cuenta, Emi? Emilio está enamorado”.
Cuando Bambina dijo esto, corrí a mi escondite secreto y me encerré. No podía creer que Emilio estuviera enamorado pues era mi hermanito pequeño, un enanito que solo pensaba en jugar. Quería conversar con Emilio y aconsejarlo, por lo menos para que se quitara la cintita y no anduviera dando risa. Cuando salí de mi escondite, Emilio me dijo: “Emi, lo pensé mucho y decidí que cuando me case con la gatita tú serás nuestra padrina”. “Emilio”, dije, “yo creo que eres un poco chico”. “Sí, pero gordito”, dijo Emilio y se fue rodando.
En ese momento escuché que la puerta se abría y sentí el olor a talco de la gatita. “La cintita”, maullé. Y corrí a la puerta a evitar que se riera del pobre Emilio. Corría lo más rápido que pude y entonces lo encontré frente a la jaula de la gatita. “¿Cómo te llamas?”, le dijo la gatita. Emilio se quedó mudo y no se pudo mover. El pobre tenía mucha vergüenza y yo sabía que estaba rojo como tomate aunque nunca he visto un tomate. Estaba lista para decirle a la gatita que no se riera de la cintita de Emilio cuando de pronto ella dijo: “Eres muy simpático, gatito y te queda muy linda la cintita”. Cuando la gatita dijo esto, Emilio agitó las patitas y huyó lo más rápido que pudo, como si lo persiguieran las abejas. “¿Qué le pasó?”, me preguntó la gatita. “Nada”, le dije yo, “pero no se te ocurra reirte de él”.
Emilio ha estado todo el día probándose las cintitas que le da Bambina y no le importa que todos en la casa se rían de él, pues está seguro que se ve lindo. Y yo creo que tiene razón. Porque cada día Emilio está más grande.

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