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Emilio, el árbol y la lluvia

Emilio estaba muy triste porque su viejo naranjo se estaba secando.
“¿Por qué mi arbolito no quiere creer?”, le preguntó a Emilia.
“Es que hace mucho que no llueve y los árboles necesitan agua”, le explicó su hermana.
Decidido a hacer algo al respecto, Emilio le pidió ayuda a Carrito para cavar un túnel, pues había escuchado que bajo la tierra hay gran cantidad de agua. Mucho cavaron los hermanos pero eran demasiado pequeños y solo consiguieron hacer un agujerito. “Lo siento mucho”, le dijo Emilio a su amigo árbol, “no tenemos palas”.
Y le derramó el contenido de su plato de agua en las raíces. El viejo naranjo se sintió agradecido y se bebió el agua que le habían regalado, aunque no era suficiente para él.
Emilio fue por un tambor de juguete y bailó en medio del patio, cantando palabras inventadas en ese mismo momento. ¡Estaba haciendo la danza de la lluvia! Todo el día bailó, mientras sus hermanos lo miraban extrañados, y cuando se hizo de noche, se enrolló en su mantita y se durmió, satisfecho de su trabajo.
Despertó y cubierto con un paraguas salió al patio, seguro de que estaba lloviendo. Pero no era así, el patio seguía seco y el viejo naranjo también.
“Lo siento naranjito”, le dijo a su amigo, “no pude hacer llover, pero te prometo que mañana iré al mar y te traeré como cien botellas de agua”.
Todas las hojas secas del viejo naranjo cayeron de pronto y Emilio se puso a llorar porque sabía que su amigo se estaba marchando.
De repente, una lágrima cayó sobre las raíces del naranjo, luego otra y otra y otra más. Eran cientos de gotas las que inundaban la madera de aquel árbol que alguna vez había sido frondoso, tantas que comenzaron a inundar el pasto, las flores y todos los jardines del vecindario.
“Emilio, hermano”, maulló Emilia.
“¿Qué pasa, Emi?”.
“Lo lograste, Emilio, lo lograste”.
Emilio levantó la cara hacia el cielo, sintiendo cómo su naranjo volvía a la vida. Nunca más su jardín estaría seco. Su fe y su esperanza habían hecho llover.

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