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Emilio aprende a no decir mentiras

 

El otro día estaba durmiendo cuando sentí las patitas de Emilio.
“Emi”, me dijo, “despierta”.
“¿Qué pasa, enano?”, le pregunté.
“No te asustes, Emi”, me dijo Emilio en voz baja, “pero acaba de llegar el veterinaro y te quiere vacunar”.
Las orejas se me levantaron y, muerta de mido corrí a esconderme.
“Gracias, Emilio”, maullé.
Estuve toda la tarde escondida y aunque tenía hambre, pues ni siquiera había salido para comer, estaba feliz de haber engañado al veterinario. Entonces apareció Emilio y me dijo: “Te creíste lo del veterinario, era mentira”.
Y se fue riendo.
Al día siguiente yo estaba en el balcón, cuando escuché que Olivia se acercaba.
“¿Qué pasa, Oli?”, le pregunté.
La pobre estaba tan agitada que no me respondió y se metió bajo el sillón.
“Calladita”, me dijo, “no hay que hacer ruido”.
Muy enojada fui con Emilio, que reía en un rincón y le dije: “Eres malo, Emilio, apuesto que le dijiste a Olivia que venía el veterinario”.
“Es solo una bromita”, respondió Emilio y dio un saltito muerto de risa.
Al día siguiente fue el turno de Carriito. El pobre rodaba por toda la casa diciendo “el veterinario me va a pinchar”. Intenté decirle a Carrito que lo del veterinario era una mentira de Emilio, pero el pobre estaba tan asustado que no me escuchó.
Por la noche conversé seriamente con Emilio. Le expliqué que no es bueno mentirle a los demás porque si uno miente le puede pasar lo que a Pedrito, del cuento de “Pedrito y el lobo”, un niño muy mentiroso que cuando se decidió a decir la verdad, nadie le creyó. Pero Emilio no quiso escucharme y se la pasó el resto de la semana diciendo más y más mentiras.
Entonces llegó el día en que el veterinario llegó realmente a casa. Y por supusto, mis hermanos y yo, nos escondimos bajo el sillón para que no nos pinchara. Mientras el veterinario nos buscaba apareció Emilio, saltando y silbando.
“Viene el vetedinario, Emilio”, le dije, “escóndete”.
“Jiji”, rio Emilio, “esa broma es mía y no te la creo”.
Y como Emilio no estaba escondido, el veterinario lo subió a la mesa y, chan, le puso la vacuna.
“Ayayayayay”, maulló Emilio, “mi colita”.
Y salió corriendo, sin comprender lo que había pasado.
Emilio lloró toda la tarde pero gracias a eso aprendió una importante enseñanza. Y es que cuando uno dice mentiras nada resulta bien.

 

tenencia respòn

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