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Emilia y las mamás

Acababa de acostarme en mi escondite secreto cuando un cachorro me despertó y me dijo:
—Emi, el Emilio se volvió loco.
—¿Por qué?
—Porque le está hablando a una planta.
Me estiré para despavilarme y salí a averiguar de qué se trataba la nueva locura de Emilio. Lo encontré en mitad del jardín, hablando en susurros y, aunque no comprendí lo qué decía, supe que sus palabras eran hermosas.
—¿A quién le hablas, Emilio?
—Emi, ¡la espantaste! Ayúdame a atraparla.
Corrimos por todo el jardín, en busca de un ser invisible que se escabullía risueño entre las flores, como un hada traviesa. Y luego trepamos a nuestro árbol y, al llegar a la cima, Emilio dijo:
—Te tengo.
Y entonces se abrazó a si mismo, sacudiendo las orejas, de felicidad.
Me acerqué tímidamente a mi hermano para no espantar a aquel ser que le había costado tanto atrapar.
—Emi —dijo Emilio— ¿Sabes a quién tengo entre mis brazos?
—No.
—Es alguien con quien converso todas las noches. ¿Quieres abrazarla?
—Sí, si quiero.
Emilio despegó sus brazos y un rayo voló hacia mi, envolviéndome con su dulce y cálido abrazo.
—Es el espíritu de mi mamá gato —dijo Emilio—, me ha acompañado desde el día que se fue al cielo. ¿Sabes por qué?
—¿Por qué, Emilio?
—Porque vive en mi jardín —Emilio me tomó la mano y la llevó a su corazón—, este es mi jardín. Anda, Emi, ve a jugar con tu mamá.
Sonreí feliz y, saltando en medio de nuestro jardín de colores imaginarios, abrí los brazos y dije:
—Mamá gato, mamá gato, estás en mi jardín.
Y entonces apareció porque nunca me había dejado….

A todas las mamás, a las humanas, a las gatos, a las que están entre nosotros y a las que se marcharon, disfrutémoslas, pues ellas son parte de nosotros y nosotros parte de ellas.

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