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Emilia y el bebé ángel

 

Hoy estuve con la Oli. Se me apareció en sueños y como en mis sueños tengo ojos, pude verla. Tenía rostro de cachorra y ojos dulces. Al verme, se puso contenta y empezó a correr. Oli, le dije, no corras, no te aproveches de ser joven. La perseguí por todo el hermoso jardín que es su nueva casa y cuando estaba por alcanzarla, se puso a volar. Le habían crecido dos alitas blancas y con plumas.
—¿Y esas alas, Oli? —le pregunté—. ¿Dónde las compraste?
—No las compré —rio—, me crecieron porque ahora soy un ángel.
—¡Un ángel! Qué divertido. Oye, ¿puedo ser un ángel?
—Claro, pero solo por un ratito.
La Oli golpeó el suelo con la pata y me salieron dos alas cortitas y chistosas.
—Ah, qué lindo. Y ahora, ¿qué hago?
—Bueno, ahora debes hacer cosas buenas.
La Oli me sopló y aparecí en medio de la ciudad, en plena noche. Con mis alas de ángel cortitas recorrí todos los rincones, buscando a alguien que estuviera en problemas. Pero todo parecía en calma. Iba a regresar con la Oli, cuando escuché una risa, la risa de un bebé, que tenía algo especial.
Bajé en picada y entré en una habitación. Era una cuarto con dibujos, colores y muchos juguetes y debajo de una cuna vacía, había un bebé con pañales.
—Oye —le dije—, acuéstate, te vas a resfriar.
El bebé, al verme, se puso a reír y, gateando, corrió hacia el otro lado de la habitación y se metió una pelota a la boca.
—Oye, no te comas eso, te va a hacer mal.
Le quité la pelota de la boca, pero el bebé se metió un Lego. Se lo saqué de la boca para que no se ahogara y entonces me di cuenta de que tenía dos alitas en la espalda. Era un ángel.
—Travieso —le dije—, te escapaste del cielo. Ven conmigo.
Tomé al bebé ángel por el cuello, como se hace con los gatitos, para regresarlo al cielo del que se había escapado. Y estaba a punto de echar a volar, cuando me di cuenta de que en un rincón de la habitación, en medio de la oscuridad, había una señora. Una señora triste, que observaba la cuna del bebé, con una mantita sujeta entre los dedos.
La señora lloraba mucho, a más no poder, y estiraba las manos, envueltas en la manta del bebé, hacia la cuna, que estaba ordenada, como nueva y llena de juguetes. Miré al bebé ángel.
—Oye, amigo, ¿te acaban de salir las alas? —El bebé se rio por respuesta—. ¿Y no te quieres separar de tu mamá? —El bebé ángel hizo un puchero y negó con la cabeza—. Pero, amigo, debes ir al cielo.
El bebé gateó hacia donde estaba su mamá y trató de tocarla, pero no pudo porque ahora era como una nube que se deshacía. Ma, balbuceaba, Ma. Tomé al bebé de las patitas y lo llevé bajo la cuna. Le pedí que eligiera su juguete favorito y entonces el bebé eligió una pelota.
—Vamos a hacer un trato, pequeño, te vas a despedir de tu mamá, pero luego te irás al cielo. ¿Lo prometes? —El bebé dijo sí con la cabeza—. Bueno, amigo, soplemos la pelota para que tu mamá la vea.
Soplando con todas nuestras fuerzas, logramos que la pelota rodara hasta los pies de la señora. La pelota se detuvo y entonces la señora la vio. Y cuando la vio, se puso de pie y miró hacia todos lados y luego se cubrió los ojos con los dedos, mientras la luz de la calle entraba por la ventana. La señora dijo:
—¿Hijo, eres tú?
El bebé ángel se rio nerviosamente, sin saber qué hacer.
—Vamos, amigo —le dije—, tú mamá te llama.
Las alitas del bebé ángel se agitaron y se quedó flotando frente a su mamá. Estiró sus manitas, buscándola, y su mamá lo recibió. Y abrazó con todas sus fuerzas a aquel trocito de nube; y apretando bien los ojos le dijo adiós, adiós, te quiero, hijo mío.
Y entonces la ventana se abrió sola y el bebé voló hasta el cielo para jugar con la Oli.

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