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EMILIA Y EL ÁRBOL

Cuando Emilia era pequeña vivía en una caja de zapatos con su mamá. Ella la cuidaba mucho, pero no la sobreprotegía pues, aunque Emilia no tuviese ojos, quería que fuera igual a todos los gatos del mundo.

—Emilia —le decía—, debes aprender a valerte por ti misma, pues algún día tal vez no estemos juntas. Y Emilia, que era todavía muy pequeña, le decía a su mamá que nunca se separarían.

 

Pero un día unos humanos se llevaron a Emilia y la botaron junto a un gran árbol. Y la gatita nunca más estuvo con su mamá.

 

Emilia, que todavía no sabía usar sus orejas, sus bigotes o su nariz, se asustó mucho; pero no se movió de su sitio, pues su mamá le había enseñado a no alejarse sin permiso.

—Voy a dormir bajo este árbol —se dijo— y cuando despierte, mi mamá estará conmigo.

Antes de acostarse, Emilia posó sus patas en el árbol para afilarse las uñas.

—¡Hey! —dijo el árbol—, no hagas eso.

 

Emilia, que nunca había escuchado a un árbol hablar, pensó que la voz venía de su imaginación y volvió a afilarse las uñas. Entonces el árbol, que era anciano y gruñón, la echó con una rama.

—Oiga, qué malo es usted —le dijo Emilia.
—No me gustan los gatos —resopló el árbol.

 

El árbol, que era tan dormilón como gruñón, se echó a dormir. Y Emilia, que no pensaba alejarse porque era muy obediente, se acurrucó junto a él y se durmió.

 

Al llegar la mañana, le dijo al árbol:

—Buenos días, señor Árbol.
—Te dije que te fueras, ¿qué haces aquí?
—Le traje un regalito. —Emilia abrió la boca y dejó caer un poco de agua sobre las raíces—. Es agua del arroyo, para que beba. Así será frondoso y los pájaros lo visitarán.

 

El árbol, que era muy anciano y se estaba secando, bebió con gran alegría. Pero como era orgulloso, dijo:

—No necesito tus regalos y tampoco me gustan los pájaros. Te dije que te fueras y eso es lo que harás. Y estirando sus ramas, alejó a la pequeña Emilia.

 

La gata no se alejó mucho. Se quedó frente al árbol y cada vez que podía le regalaba un poco de agua. No le importaban sus gruñidos ni sus pesadeces, pues en el fondo sabía que el anciano era de buen corazón.

 

Todos los días habían sido cálidos, pero una noche hubo tormenta. Un gran viento sacudió los techos de las casas y las copas de los árboles.

 

Emilia, asustada, se abrazó fuertemente a una piedra para no salir volando. Mas, como era muy pequeña, comenzó a rodar.

—¡Ayuda, mamá! —sollozaba Emilia—, ¡ayuda!

 

Entonces, el viejo árbol gruñón estiró uno de sus largos brazos y recogió a Emilia, justo antes de que saliera volando. La escondió entre sus hojas y le dijo:

—No te sueltes, que esta tormenta es muy fuerte.

 

Toda la noche el árbol resistió el temporal y a pesar de que muchas de sus ramas se quebraron, protegió a la pequeña que tan generosamente le había regalado agua. Por la mañana, el sol secó los prados y las flores abrieron.

 

Emilia, al despertar, dijo con felicidad:

—Buenos días, señor Árbol. Muchas gracias por cuidarme.
—Mmm…

 

Cómo el árbol tardaba en responder, Emilia le arañó el tronco.

—¿Qué le pasa, señor Árbol?

—No me pasa nada, gata, solo estoy cansado. Y como sé que no puedes ver, te diré que ahí cerca hay una humana que te ayudará. Ve con ella.

 

Emilia posó su nariz en el árbol, pues no quería separarse de él. Pero el árbol, que era sabio, la bajó delicadamente y la empujó hacia el lugar donde estaba la humana.

—Pero, señor Árbol —dijo Emilia—, sus raíces se rompieron con la tormenta. ¿Quién le dará agua?
—Soy un muy viejo y no necesito que una pequeña gata me cuide. Vamos, ve con la humana.

 

Emilia besó al árbol y corrió hacia la humana, que la llevaría a su nuevo hogar. Y entonces Emilia agitó sus patas para despedirse de su amigo y este le respondió sacudiendo sus ramas.

—Adiós, señor Árbol.

 

El viejo árbol nunca más fue gruñón. Sus ramas se llenaron de pájaros cantores y cuando se secó, muchos años después, seguía recordando a aquella gatita de nombre Emilia que le había enseñado lo que era la amistad.

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