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Emilia viejita

Yo tengo una hermana llamada Pimienta que es viejita y gruñona. Tan gruñona que siempre se enoja cuando los más pequeños de la casa quieren jugar con su cola. Los pequeños lloran y escapan cuando ella los reta. Pero en las noches, cuando Pimienta duerme, se acuestan con ella como si fueran sus nietos.
Anoche, salí al jardín, preguntándome por qué Pimienta es tan enojona. Y entonces para dar una respuesta a mis preguntas, se me apareció el hada de papel que a veces viene a visitarme.
—Hola —me dijo—, ¿qué te pasa?
—Es que Pimienta no hace nada, es gruñona.
—Es que es tiene muchos años.
—Eso no tiene nada que ver, pues cuando yo sea viejita seré alegre y buena hermana.
—¿Estás segura?
—Sí.
Sin darme cuenta, el hada de papel me tocó con su varita mágica y entonces, por arte de magia, aparecí en una casa llena de juegos. Como siempre sucede cuando el hada me lleva de viaje, pude ver perfectamente los colores y las formas. Lo que me permitió ver a ocho pequeños corriendo alegremente por aquella casa llena de alegría.
En el fondo de aquella sala había una gata de aquel color llamado anaranjado que dormía profundamente, sin prestar atención a los juegos de los pequeños.
—Hola —le dije—, ¿Cómo se llama usted?
La gata levantó lentamente la nariz buscándome, tal como hago yo cuando quiero reconocer a alguien. Aquella gata era ciega. Pero no solo eso, aquella gata viejita era yo misma.
Casi me desmayo, pues no todos los días uno se encuentra con su yo del futuro. Me acosté a su lado, con la barbilla pegada al suelo, para sentir su aroma, esperando que en cualquier momento hiciera alguna travesura.
—Hada —dije—, aquí estoy yo de viejita. Quédate conmigo para que veas como juego y me divierto.
El hada me escuchó pero no me dijo nada.
Toda la tarde observé cómo los pequeños de la casa se divertían. Eran tan juguetones que varias veces pasaron por encima de Emiliaviejita, sin que ella despertara. Lo que era raro, pues yo soy juguetona, traviesa y me gusta tirar de la cola a los gatos cachorros. Pero, al parecer, en el futuro había perdido mi alegría. Igual que Pimienta.
Al llegar la noche, Emiliaviejita caminó levantó a la cocina, donde comió tres granitos de pellet, para luego regresar a dormir. Me dio mucha pena verme así, así que salí al patio de mi casa del futuro para esconderme entre las hojas que había dejado caer el otoño.
—Emilia —me dijo el hada—, ¿por qué estás triste? ¿Que acaso no viste que de viejita comes, duermes y estás sana?
—Es que ya no juego, me veo muy triste.
—Pero, Emilia, ser viejita no significa estar triste.
El hada se posó en la punta de mi nariz y me llevó al interior de mi casa del futuro. Y entonces observé algo mágico que me hizo cambiar de opinión con respecto a ser viejita.
Acostada en el sillón estaba Emiliaviejita, pero no estaba sola, pues a su alrededor estaban todos los pequeños que habían jugado aquella tarde. Le ronroneaban, le contaban secretos al oido y le hacían cariño. Y la Emilia del futuro se reía y los lavaba aplastándolos con la pata para que no se movieran.
—¿Te sientes más animada? —me preguntó el hada.
—Sí, porque soy como… una abuelita. ¡Soy un abuelita, soy una abuelita!
Y, tocándome con su varita, el hada me hizo regresar a mi tiempo.
Desde aquel día en que vi mi futuro, me encargo de que los pequeños nunca dejen sola a Pimienta. Y mientras ellos duermen sobre su panza, yo converso con mi hermana hasta muy tarde y me siento feliz de saber que de viejita seré como ella.

 

1 Comentario

  1. Avatar Ivett dice:

    Hermosa y mágica historia.

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