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Emilia y el gatito llorón

Hoy estaba en mi escondite secreto cuando escuché llegar a mi humana, paré la cola y corrí a saludarla. Ella venía con una amiga que yo no conocía pero como seguramente era simpática, también la saludé. Fue ahí cuando me di cuenta que la amiga de mi humana traía un gato raro que maullaba así: buaaaaa. Que maullido más curioso me dije, y algo confundida volví hasta mi escondite secreto.

Una vez ahí, trate de dormir pero el gato lloraba tanto que fue imposible, fui hasta la habitación de mi humana a investigar qué estaba pasando. Resulta que el gato llorón estaba dentro de una cajita de madera que la amiga de mi humana había traído, me acerque y me colgué de la cajita, entonces el gato llorón se empezó a reír. “Hola”, le dije, “¿Cómo te llamas?”. Pero el gato no me respondió y me tocó la cara con sus patitas. Era un gato muy simpático pero de repente hizo un ruido muy raro y toda la pieza se lleno de olor guácala. “¡Oye!”, le dije, “tienes que aprender a usar tu caja de arena, si no sabes yo te puedo enseñar”. Traté de meterme a la caja del gato pero tenía muchos barrotes. “No puede ser”, dije, “una caja con barrotes, ¡yo te liberaré gatito! No te desesperes”.

Rápidamente fui a buscar a Emilio para contarle lo del gato, Emilio se enojó mucho y me dijo: “La amiga de nuestra humana lo encerró y ahora nos va encerrar a todos, ¡debe ser una bruja! Vamos a rescatar a ese gato llorón”. Así que regresamos a la pieza de mi humana, pero ahora el gatito olía mucho más guácala y seguía riendo. El pobre no sabía que estaba en una jaula porque de haberlo sabido habría estado muy triste.

Ayudé a Emilio a treparse a la jaula del gato llorón. “Oye, Emi”, me dijo Emilio, “este gato es muy raro porque no tiene pelo y es muy blandito ji ji ji”. Tratamos de sacarlo de la jaula pero pesaba mucho y no paraba de reír así que lo agarramos de las orejas, este gatito era tan loco que de seguro también estaba embrujado. De repente Olivia entró a la pieza, había amanecido con la cabeza despejada de microbios y estaba de lo más sensata. “¿Qué están haciendo?”, ladró enojada, le expliqué lo que queríamos hacer, rescatar al gatito llorón y entonces Olivia se mató de la risa. “¡No es un gato!”, nos dijo riéndose, “es un cachorro humano”. “¿Un cachorro humano?” Dijimos Emilio y yo. “Sí”, explicó Olivia, “los cachorros humanos son pequeñitos y no tienen pelo”. “Ya, Olivia, pero ¿por qué está en una jaula?”. “No es una jaula”, dijo Olivia, “es una cuna”. “¡Ay, pero que chistoso!”, dijo Emilio y se metió a la cuna del cachorro humano. Cuando el cachorro humano vio a Emilio, lo agarro de la cola como si fuera un cascabel y muerto de la risa Emilio dijo: “¡auxilio, auxilio! cree que soy un chupete”.

Le pregunté a Olivia porqué el cachorro no caminaba, ni saltaba como nosotros cuando éramos cachorros. “Es que los cachorros humanos son muy delicados”, me dijo ella, “y por eso duermen en cunas, pues si se caen se pueden hacer daño”. “Entonces hay que cuidarlos mucho”, le dije , “Así es”, respondió Olivia. ¡Entonces se me ocurrió una idea! Cuando mi humana y su amiga regresaron a la habitación encontraron al cachorro abrigadito con mi disfraz de conejo y con Emilio acostado a su lado. Los dos estaban durmiendo abrazados entre medio de todos nuestros juguetes, mientras yo los vigilaba desde un rincón de la cuna. Mi humana y su amiga se rieron, entonces la amiga de mi humana le dio un beso a su cachorro y apagó la luz. “Cuiden bien al bebé”, nos dijo y cerró la puerta.

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