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Emilia cuenta el cuento de Gaterucita roja

Anoche no dormí­ nada porque los pancitos no me dejaban tranquila. Se colgaban de mis orejas, me mordí­an la cola y me saltaban encima. Me tení­an vuelta loca, así­ que les dije que si se dormí­an les contarí­a un cuento. A los pancitos les encantó la idea así que se acostaron a mí­ alrededor con las orejas bien paradas y les conté el cuento de Gaterucita roja:

“Habí­a una vez una gata llamada Gaterucita roja. Gaterucita no tení­a ojos y un dí­a su mamá humana la mandó a llevarle un saco de pellet a la abuelita Olivia que viví­a en el bosque. A Gaterucita le gustaba mucho ir a ver a su abuelita y cada vez que iba su humana le decir que debía tener cuidado del cazador quien era un humano muy malo ya que acostumbraba matar animales. “No debes desviarte del camino”, le dijo su humana, “porque si lo haces se hará de noche y entonces te encontrará el cazador”. Ante esto Gaterucita prometió no desviarse del camino y salió feliz de su casa cargando el saco con pellet para su abuelita.

Mientras caminaba iba cantando, olía el aroma de las flores y escuchaba el ruido de los árboles y rato después al fin llegó a la casa de su abuelita Olivia. La puerta de la casa siempre estaba abierta pero esta vez no fue así, a Gaterucita esto le pareció muy raro así que golpeó la puerta y dijo: “abuelita, abuelita ábreme”, pero nadie le contestó, volvió a golpear una y otra vez, entonces cuando estaba a punto de treparse por la ventana su abuelita dijo “Pasa Gaterucita” la puerta se abrió  mágicamente y Gaterucita entró.

La casa tenía un extraño aroma y todo estaba desordenado, se dirigió hasta la cama de su abuelita Olivia en donde se sentó, la olfateo de arriba a abajo, luego puso una pata encima de la almohada pero su abuelita estaba en silencio; parecía que le había comido la lengua los ratones. Después de un rato dijo “¿No me vas a saludar, Gaterucita?” “Abuelita” dijo Gaterucita “¿Por qué está hablando tan raro?” “Es que estoy resfriada” respondió la abuelita quien se puso a toser y a moverse mucho entonces finalmente dijo “¿Por qué no me haces preguntas, Gaterucita?” “¿Y qué tendría que preguntarle?” Respondió extrañada Gaterucita. “Bueno, deberías decir ¡oh abuelita que boca tan grande tienes”. Gaterucita puso una para sobre la cabeza de su abuelita y le dijo “como soy ciega no sé como tiene la boca, lo único que sé es que usted es el lobo, ¿dónde está mi abuelita? ¿se la comió?”. El lobo, que realmente estaba disfrazado de abuelita se sintió avergonzado porque su plan había fallado. “Oh, Gaterucita” dijo llorando, “te juro que no me comí a tu abuelita, soy un lobo vegetariano que solo come pastito pero como tu abuelita no estaba me escondí en su casa para que no me pillara el cazador, no le vas a decir al cazador que estoy aquí ¿verdad?. Gaterucita estaba molesta porque el lobo había intentado engañarla pero luego de escuchar su historia sintió pena por el pobre lobo. “El cazador quiere sacarme la piel para hacer alfombras”, le contó el lobo, “es un humano muy malo”. Justo después que el lobo terminara de hablar golpearon la puerta y el lobo asustado metió su cabeza bajo la ropa de cama. “¡Es el cazador!”, dijo, “puedo olerlo”. Gaterucita que era muy valiente le dije al lobo que se quedara tranquilo, entonces se asomó por debajo de la puerta y de inmediato supo que el cazador estaba muy enojado, entonces el cazador sacó su escopeta y… “¡Y lo invitarón a tomar once!” dijo el pancito con mermelada.

El pancito había interrumpido en la mejor parte de la historia. “No” le dije y continue el relato “lo que pasó fue que…” “¡Que lo invitaron a tomar once y vivieron felices para siempre!” volvió a decir el pancito con mermelada, entonces los otros pancitos también se pusieron a contar distintos finales para mi cuento pero todos eran mas o menos iguales, ninguno de esos finales tenía sentido pero yo no podía hacer nada porque los pancitos seguían inventándolos.  Se habían puesto muy contentos mientras imaginaban cosas locas, cuando de repente se durmieron, pero yo ya no tenía sueño, me había desvelado por su culpa y ni siquiera me habían dejado terminar bien el cuento. Ahora son como las seis de la mañana y sigo esperando a que se despierten para poder contarles el final.

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